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Un influencer sin influencia

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En política internacional hay que tener buena cabeza, pero sobre todo buen estómago. Si no eres uno de los dos países más poderosos del mundo, te tienes que tragar de todo para poder proteger a tu país. Yo misma ayudé a hacer mil cosas que hubiese preferido no hacer cuando me ocupaba de Oriente Medio en el gabinete del Comisario europeo de Exteriores: negociar un acuerdo de asociación con Bashar Assad, soportar la locura de Gadafi para acercarlo a Europa, cooperar con el ministro de exteriores iraní, ayudar a Arafat manteniendo la Autoridad Palestina, tratar a Mubarak como si fuese un sabio hombre de estado, etc. Si no estás dispuesto a hacerlo, es mejor que te vayas, porque lo único que cuenta es el interés de la población a la que representas.

La guerra de Irán es una guerra iniciada por un presidente estadounidense caprichoso, corrupto, errático y desbocado que ha sido empujado a ella por un primer ministro israelí oportunista e inmoral. Hace al mundo todavía más inseguro y va a tener unas repercusiones económicas terribles. Es de cajón que los europeos no podemos apoyar esa guerra. Pero tras dos décadas perdiendo músculo económico y muchas negándonos a invertir en defensa, no tenemos fuerza para condicionar el conflicto como tampoco la teníamos para evitar la guerra. La realidad es la que es: somos meros espectadores de una situación distópica en la que el presidente del país que antes garantizaba la estabilidad mundial toma ahora decisiones que empoderan a sus enemigos, se revuelve contra sus aliados, amenaza con exterminar civilizaciones y puede sumir a todos en una recesión global. Que la tecnología cripto de Estados Unidos pueda ser utilizada para que el régimen iraní extorsione al mundo con pagos en el estrecho de Hormuz es la guinda del caos.

Aunque el cuerpo te pida gritar que Trump está loco, Netanyahu se va a cargar a Israel y que Estados Unidos ha perdido el norte, el reflejo inmediato de todo gobernante sensato es no añadir más riesgo a una situación que ya de por sí es explosiva. Para España la única opción es arroparnos en la Unión Europea intentando mantener la unidad allí (difícil, porque ya no nos ponemos de acuerdo en casi nada) y buscar la seguridad del rebaño. Pedro Sánchez se dedica a hacer justo lo contrario: llamar la atencion con declaraciones innecesarias y entrevistas a tutiplén, contribuir a deshilachar la unidad europea a golpe de megáfono, y provocar al volátil presidente americano como un mosquito que zumba alrededor de un gorila descontrolado.

El ruido internacional de Sánchez es liderazgo de boquilla, porque no tiene ni un solo instrumento para materializarlo. Sus provocaciones se las puede permitir un influencer de Tiktok o Instagram, que busca mera visibilidad y solo arriesga lo suyo. Pero no se lo puede permitir un Presidente que necesita protección para su país ahora y también en el futuro. Puede que la visibilidad ayude a Sánchez a conseguir un puesto internacional o europeo airoso el día de mañana, pero eso es subordinar los intereses de todos a su interés profesional propio.

Es imposible que el gobierno de España saque algo positivo del fiasco que es esta guerra, porque operamos sin política exterior. Llevamos al menos tres gobiernos con una actitud internacional rancia y falsa: pretendiendo que todavía contamos en América Latina cuando la lucha de titanes entre Estados Unidos y China ha cerrado allí casi todo el espacio. Simulando que somos decisivos en Europa cuando delegamos en la Unión Europea hasta las decisiones nacionales más nimias. Engañándonos sobre la importancia de nuestras relaciones con Estados Unidos que ya desde Obama miran al Pacífico y no al Atlántico. Y dándole la espalda a la relación con África por unos prejuicios conservadores de la época del Cid que nos impiden hasta reconocer la realidad de nuestra situación geográfica.

Toda crisis, por enorme que sea, abre oportunidades. Ahora hay algunas: 1- subrayar la estabilidad de Europa frente a la volatilidad de la administración americana para atraer inversiones y talento. 2- recuperar el terreno perdido en los últimos años frente a los países del Golfo que iban disparados (con la ayuda de USA) a sobrepasar a Europa en tecnología. Y 3- ocupar parte del considerable espacio de influencia comercial, política y estratégica que algunos países del Golfo tienen en África (un continente existencial para Europa) ahora que ellos tienen problemas en casa.

¿Puede contribuir a esto un presidente que solo busca el brillo inmediato, está de salida, sigue empeñado en discapacitar a Europa manteniéndola como una mega factoría de reglamentación y cuyo único ‘aporte’ internacional concreto ha sido la desastrosa Ley europea de Inteligencia Artificial que ha hecho casi imposible que la Unión Europea entre en la carrera tecnológica? Claramente no, que es por lo que se dedica a la provocación vacía.

Un ‘influencer’ que busca ‘likes’ en vez de influencia real. Una mera máquina de ruido.


© El Confidencial