Rufián, Quiles y los límites de la política y el periodismo
Lo que dice Juan de Pedro dice más de Juan que de Pedro.
Cada vez que Gabriel Rufián utiliza el supuesto interés económico de otros políticos para señalarlos como traidores y vendepatrias, es inevitable pensar en este refrán.
La obsesión por el dinero de bolsillo del jefe de filas republicano viene de serie. Acusó en 2017 a Carles Puigdemont de venderse por 155 monedas de plata, cuando el expresidente de la Generalitat amagó con echarse atrás en su pulso independentista.
Esta semana ha mostrado un billete de 50 euros en el Congreso, ¡cómo le gustan los planos efectistas de televisión!, para simbolizar el verdadero motivo por el cual, según él, los diputados de Junts iban a tumbar el decreto ley sobre la prórroga de alquileres.
Entre una escena y otra, en sus más de diez años como diputado, ha recurrido a trucos similares en múltiples ocasiones. La motivación de sus colegas en el Congreso, para Rufián, nunca es ideológica y comprometida con una manera de entender el bien común. Al contrario, guarda siempre un trasfondo económico vinculado a un beneficio propio e individual. Y, por tanto, corrupto, al menos moralmente. Solo él, y los que están de acuerdo con él, están en política inmolando todo cuanto tienen por sus ideales.
Aunque lo cierto es que, antes de su llegada al Congreso, poca cosa material tenía para ofrendar como sacrificio personal el de Santa Coloma. La estrella republicana andaba hasta ese día más bien ligera de equipaje. Fue Oriol Junqueras quien le procuró una ocupación con la que llegar a fin de mes.........
