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Turismo socialmente sostenible

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01.04.2026

Durante décadas, el mundo ha vivido uno de los procesos de integración económica, financiera y de flujos migratorios sin precedentes en la historia. Hablamos mucho de los perjudicados de la globalización por el comercio y el efecto China y de los flujos migratorios, pero poco de las decisiones microeconómicas que las familias y las empresas tomamos y que provocan esos efectos macroeconómicos.

El turismo es uno de ellos. En el año 2000 hubo 680 millones de turistas en el mundo y en 2025, 1.520 millones. Escribo este artículo desde Roma, donde he pasado estas vacaciones de Semana Santa y donde me surgió esta reflexión, ya que las tendencias que voy a analizar son globales y no son achacables a gobiernos ni políticas públicas de un país concreto. En el verano de 1998 estuve en EEUU estudiando y ya percibí estas tendencias. Viví en Boston y visité Nueva York, Washington y Montreal.

Yo era muy joven y me extrañó que todos los camareros fueran inmigrantes, la mayoría latinoamericanos. Hoy hay casi 70 millones de latinos en EEUU, el 20% de la población total de EEUU, y el español y su cultura forman parte ya de la americana. El secretario de Estado, Marco Rubio, es de origen cubano, fue candidato republicano a la presidencia y ha hablado en español en la Casa Blanca, en un acto con líderes latinos con Donald Trump delante. En España, el fenómeno comenzó en el año 2000 y, sumando los inmigrantes y los hijos de al menos un inmigrante, ya son 11,5 millones de personas, el 23% de la población.

En Italia, la población inmigrante son unos 9 millones, incluyendo los de segunda generación, un 15% del total, y supuestamente el problema es menor. Pero recientemente viajé a Sicilia y ves menos camareros atendiéndote y, sin embargo, esta semana en Roma la sensación es similar a Madrid o a Nueva York. La mayor parte de la inmigración en Italia es de Rumanía y Albania, países muy próximos, con culturas muy similares y con idioma de origen latino en el caso de Rumanía, que es la colonia más importante.

Yo soy un usuario habitual de hoteles y restaurantes y lo que pido es buen servicio; me da igual la nacionalidad que me atiende y, en muchas ocasiones, los inmigrantes son más amables y me dan mejor servicio que los nacionales. Por lo tanto, no hay ningún sesgo racista o xenófobo en el análisis que voy a realizar. Para países pobres, como era el caso de España en los años sesenta o el sur de Italia, el turismo fue una bendición. Aumentó la tasa de empleo, mejoró los salarios, aumentó los ingresos públicos, permitió primero mejorar significativamente las infraestructuras públicas y los estados del bienestar, y es imposible explicar el desarrollo económico de España sin el turismo. Además, redujo significativamente la desigualdad y la pobreza extrema, ya que sacaba a gente de la agricultura de subsistencia y les daba un trabajo duro pero digno, con un salario significativamente superior. Y lo hacía en las zonas más pobres, principalmente en Canarias, Baleares y Andalucía en España y el Mezzogiorno italiano.

Pero desde el año 2000 los efectos del fenómeno son diferentes. Los salarios que paga el sector, con una productividad por ocupado inferior, son menores al promedio de la economía; los horarios y las condiciones son más duras, y los nativos no quieren trabajar en el sector turístico, y eso ha aumentado exponencialmente la demanda de población inmigrante. Se centra el debate sobre el efecto del alquiler turístico sobre el mercado de alquiler convencional y de los VTC sobre los taxis. Pero, ¿imaginas cuál sería el precio de los hoteles si no hubiera alquiler turístico? O ¿cuánto costaría encontrar un taxi si no hubiera VTC?

El problema es el shock tan brutal de demanda de turismo que el mundo ha registrado en los últimos 25 años, y lo que hace la oferta es adaptarse. Las causas del shock de demanda son el fuerte aumento de las clases medias en el mundo desde 1950 y, especialmente, en lo que antes eran países pobres y hoy llamamos emergentes. El desarrollo tecnológico de la aviación, que cada vez hace aviones más grandes, lo cual reduce significativamente el coste por viajero, y el aumento exponencial del número de vuelos reduce también los costes fijos por viajero de las aerolíneas en su personal de tierra y servicios generales.

El fenómeno sigue teniendo muchos efectos positivos, pero genera costes de congestión. Por ejemplo, los taxis en Roma son más caros que en Madrid y la mayoría de taxistas que he pillado eran romanos. Pero también están cabreados, porque la abundancia de turistas no les deja circular bien por las calles angostas o se quejan de la política y de pagar muchos impuestos.

España ya recibe 95 millones de turistas al año, en un país con el número de kilómetros de playas o de monumentos que son los mismos que en 1960, cuando empezó el fenómeno. Hay una intensa caída de la natalidad y escasez de mano de obra, y eso exige atraer mucha inmigración para cubrir la demanda de empleo. En un país que ha tenido tasas de paro tan altas desde la crisis del petróleo en los años setenta, el subconsciente colectivo es que aumente el empleo y la demanda es bueno. Pero, en entornos de escasez de oferta de empleo, de escasez de vivienda, de escasez de servicios públicos, especialmente de sanidad, los costes de congestión son ya elevados y crecientes.

La presión a la baja sobre salarios que provoca la inmigración entre los españoles, especialmente entre los que tienen baja cualificación, que son casi la mitad de los que están en edad de trabajar, genera un problema de racismo económico, muy similar al que yo percibí entre los estadounidenses en 1998. La principal queja es que acceden a las ayudas y servicios públicos con prioridad, por tener baja renta, y eso es aprovechado por Trump en EEUU y por la extrema derecha en Europa para ganar votos y aplicar políticas populistas que los economistas sabemos que nos acabarán empobreciendo a todos.

Pero el mayor problema que generan es la presión sobre la vivienda. Para los españoles les encarece el coste y, para los inmigrantes, la subida de los precios del alquiler les obliga a convivir en situaciones de inhabitabilidad, y eso provoca problemas de integración y de conflictividad en barrios o pueblos concretos, como sucede en Francia y Bélgica y como empezamos ya a ver en España.

Es un fenómeno global y los economistas no tenemos herramientas que permitan gestionarlo correctamente. Los precios suben, pero el fenómeno no frena, ya que los salarios en el mundo también suben y las clases medias siguen aumentando. Pero conviene ser conscientes del problema e intentar gestionarlo. Y ni la libertad económica extrema ni la planificación comunista y control de los precios lo resolverán.


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