A pesar de Sánchez, somos estupendos (la única verdad de Donald Trump)
En general, Donald Trump no tiene razón cuando profiere sus bravatas. Pero es el presidente de los Estados Unidos, que es cargo electivo de enorme poder. Así que, aunque resulte un tipo antipático, excéntrico, bravucón y mentiroso, hay que tratarle no como merece Donald Trump, sino como corresponde al presidente de los Estados Unidos. Trump puede ser un cretino, pero el presidente de los Estados Unidos no lo es. Ese matiz no lo ha captado Sánchez, al que recorrió un calambre orgásmico cuando el hombre de color naranja le dio por arremeter contra él (sin nombrarlo) ante un Friedrich Merz que le secundó asegurando que trataba de convencer a la Moncloa de que invierta más en defensa.
En lo único en lo que el republicano tuvo razón en su alegato del pasado martes, toda la razón, es que los españoles somos gente estupenda, pero tenemos el pésimo liderazgo de Pedro Sánchez (sin nombrarlo, desde luego). Es verdad, somos estupendos, pero con mala suerte: nuestro jefe del Gobierno es tóxico, destructivo, incompetente, un ‘insensato sin escrúpulos’, como lo definió aquel diario El País del 1 de octubre de 2016.
Claro que Trump no ha reparado en que él es clavado a Sánchez o a la inversa, que tanto da. Los dos se pasan por sálvese la parte el control del Parlamento; él dicta órdenes ejecutivas como aquí Sánchez decretos leyes; coloniza las instituciones como hace el socialista en nuestro país; es tan errático como el madrileño y falsea la realidad con el mismo nivel de descaro que el inquilino de la Moncloa. Son tan parecidos que, de no ser por el físico y la edad, semejarían ambos alumnos de similar escuela populista: son los paradigmas representativos del peor decisionismo autocrático.
Resultan tan similares Trump y Sánchez, a la debida escala entre un gigantón adinerado y al frente del país más poderoso del mundo y un economista de dudosa reputación profesional que ha reducido las dimensiones de España a su mínima expresión, que se retroalimentan. Nada podría hacerle más feliz a nuestro Sánchez que exponerse como un ecce homo a los ataques del norteamericano, y nada le proporciona más contento al presidente de los Estados Unidos que abroncar en el Despacho Oval, bajo la atenta mirada de Vance y compañía, a quien se cruce en su camino, aunque sea un pigmeo político como Sánchez (insisto, sin mencionarlo).
Sanchismo y trumpismo son de igual estirpe temperamental e ideológica. Las dos caras de la misma moneda. Uno a la derecha (sea lo que sea para Trump la derecha) y otro a la izquierda (sea lo que sea para Sánchez la izquierda). Los dos también son narcisistas, pero en este aspecto de inflamado egotismo sí hay una diferencia. Trump es el presidente de los Estados Unidos y Sánchez el jefe de un Gobierno que para el norteamericano es absolutamente intrascendente, no por su historia, ni por su sociedad, sino por su Ejecutivo, cuyo presidente, excitado su ego, pretende que la presunta pelea que mantienen sea un reclamo electoral en este nuestro país.
Sánchez se ha convertido en un tipo patético (también se parece a Trump en eso). Ayer salió como una bala con otra de sus parrafadas campanudas para chutar el balón que Trump le dejó botando. Bebió de la inspiración ‘zapaterista’ (tan viejuna) del ‘no a la guerra’, una proclama que sugiere el agotamiento de los creativos de la Moncloa. Para Sánchez la política es como una cocina de aprovechamiento, lo mismo le vale una ignorante Susan Sarandon que repite eso de que él está "en el lado correcto de la historia" en la gala de los Goya, que reconocer al inexistente Estado palestino. Por eso, entre el presidente naranja y la protagonista de Thelma & Louise logran que Sánchez, tan atribulado, disfrute de algunos ratos de felicidad política.
Todo este episodio habría que tomárselo como un entremés teatral, casi cómico, si no fuera, claro está, porque la situación y los términos de la cuestión son graves, son bélicos y, la deriva del uno y del otro, puede golpear nuestros bolsillos, a nuestras empresas y a nuestra proyección exterior. Que a Sánchez no le importan en absoluto, pero mucho menos a Trump. Narcisista por narcisista; mentiroso por mentiroso; populista por populista, Sánchez es como Trump y Trump es como Sánchez y lo deseable es que el norteamericano pierda las elecciones de noviembre y no viole la Constitución americana y deje de intentar presentarse a la reelección; y lo deseable también es que Sánchez pierda todas las elecciones programadas y convoque las generales, a más tardar, en 2027. Ya veremos.
Pero una advertencia: a los que no pueden tener una vivienda, ni disponer de un alquiler, ni cobrar un sueldo digno, ni viajar en tren con seguridad, ni trasladarse en coche por carreteras sin bachear, ni ser atendidos en los centros de salud porque Mónica García, supuesta ministra de Sanidad, está maltratando a los médicos, a todos esos y a muchos más, les importa una higa lo que diga Trump (pero sí lo que haga) y, mucho menos, lo que salmodie, en verborrea constante, un Pedro Sánchez que sigue cavando con fruición la profundidad del hoyo del que pretende salir. Pero de ese hondón en que él solito se ha metido no le sacan ni Donald Trump ni Susan Sarandon.
