menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Un conflicto que reactiva el fantasma de la estanflación

11 0
14.03.2026

Avanzan las semanas en este final del primer trimestre con las miras puestas en Oriente Medio, en un conflicto que afecta cada vez a más países. Las respuestas a los ataques, sobre todo de Irán, han ido eligiendo objetivos y estrategias que se han centrado en involucrar a más contendientes, en gran parte aquellos en los que la presencia de bases militares o embajadas americanas supone suficiente razón o excusa para hacerlo. Así, convierten esto en un problema que es para más partes que las tres inicialmente comprometidas.

El Estrecho de Ormuz, por ser la más directa vía de salida de energía y tantos otros componentes y materiales desde los países del Golfo, se convierte en protagonista en toda esta historia. No vamos a repetirnos con lo que tanto hemos visto y leído ya, de lo que supone el tránsito por esas aguas respecto al tránsito mundial de tan importantes mercancías. Y el hecho de que se interrumpa la navegación por ese Estrecho hace que se vean afectados los precios de muchas cosas. No solo el petróleo, el gas o los fertilizantes, sino a través de la disrupción que provoca lo que afecta ese incremento en la producción, suministro y transporte de tantas otras cosas. Casi todo, de hecho, para Asia, como principal afectado, y también para Europa, dependiente energéticamente del exterior.

Esto enlaza, directamente, con la vuelta de la inflación a las preocupaciones. Una inflación que viene por el lado de la oferta, provocada por el shock energético, y que es una variable más, peligrosa, además, de un modelo en el que podremos ver peores cifras de crecimiento económico, provocadas por el compendio de todos los efectos que provoca la actual situación de conflicto. Y, con esto, vuelta a tener también a la estanflación en el centro de las preocupaciones. Este podría ser incluso el mejor de los casos, porque lo que podemos acabar teniendo en diferentes economías es recesión, y no estancamiento.

Y, avanzando en esta historia, hay que llegar a las armas, aunque mejor hablar de remedios para luchar contra esto. Claro está que los tipos de interés suponen un primer recurso para la lucha contra la inflación, pero, por otro lado, subir los tipos de interés no es siempre aconsejable cuando las economías sufren. Y esto obliga a tomar decisiones que no son tan sencillas de tomar, esas que pueden estar arreglando algo a la vez que estropean alguna otra cosa. Por eso se antoja más inmediato, que no fácil, buscar soluciones que luchen contra ese incremento de precios o ese posicionamiento de los mercados descontando ese incremento. Varios son los anuncios, intentos, o misivas. El G7 se ha reunido para ofrecer soluciones como el desbloqueo de las reservas. Por su parte, Trump, a través de sus infinitas declaraciones, promete cosas, algunas de ellas son poco creíbles por parte del mercado, como esa protección militar a los barcos que decidan cruzar por el Estrecho de Ormuz; otras del tipo de levantar vetos a la compra de petróleo ruso, o permitir a barcos no americanos a moverse entre puertos americanos.

Porque la sola posibilidad de encontrarnos con nuevas disrupciones en el suministro y nuevos niveles de precios que puedan estropear mucho de lo que marchaba tan bien en los últimos tiempos pone a todos en una situación mucho más incómoda. Entre otros, al propio Trump. Se dice que cuando la popularidad de un líder político desciende, solo puede balancearse con economía. Pero si eso tampoco existe, parece que será como para arrepentirse de haber dado ese paso de la mano de alguien al que parece escuchar mucho, sin mucho más remedio, Israel.

El horizonte temporal de este conflicto quizás sea algo que preocupe mucho más a Estados Unidos que a Israel. El país estadounidense tiene las elecciones de medio término cada vez más cerca y este conflicto no se toma como existencial. Un cariz que sí que puede formar parte de la decisión de Israel. Estas desavenencias en lo que a los objetivos se refiere puede acabar por no ser una buena mezcla, mientras la OTAN se mantiene a la expectativa, pero ya dentro del conflicto.

En toda esta complicada situación acabaremos por tener una salida más o menos temprana. Si así lo fuera, la cuestión no será tan sencilla como volver a apretar un botón y que todo vuelva a funcionar como lo hacía antes de aquel último sábado de febrero. Ni siquiera en términos logísticos y organizativos será fácil volver a la normalidad, más aún con las capacidades de los pozos de extracción de petróleo llegando a su límite, lo que obligaría a suspender una actividad que no se recupera de inmediato solo con decidirlo. El mejor de los resultados al conflicto va a dejar rebufo, sin duda. E imaginemos lo que pueda ser el peor de ellos, el que necesite activar mecanismos y remedios que se quieren evitar ahora mismo, si es que es posible.

Mientras tanto, lo que se observa, entre tantas otras cosas, es una enorme volatilidad en dos mercados, dos elementos, dos tipos de precios, para los que no estamos acostumbrados a ver tanta dispersión en períodos tan cortos. Por un lado, el petróleo, al que hemos visto moverse en grandes rangos en pequeños períodos de tiempo. Es cierto que no es la primera vez que así pasa ante eventos pasados relacionados con conflictos. Pero lo que sí llama la atención es lo que todo eso conlleva, sobre todo en términos de volatilidad en otros precios para los que no estamos acostumbrados a ver tanto movimiento. Y estos son los precios oficiales del dinero esperados, o las expectativas de tipos de interés marcados por bancos centrales, fundamentalmente para la Fed y para el BCE.

Antes de comenzar estos episodios, era difícil hacer cambiar a los agentes de mercado unas expectativas que recogían dos recortes durante 2026 para la Fed y de una extendida pausa para el BCE, que iba a estar sin mover tipos por mucho tiempo. No había especiales razones para esperar algo diferente, más allá de las que podían cuestionar hasta qué punto la Fed debía seguir recortando mientras la inflación seguía en el entorno del 3%. Pero incluso los últimos datos de inflación en esa economía mostraban algo de contención, mientras que para el BCE, toda vez que había empezado con sus deberes de recorte de manera anticipada, con una inflación relativamente controlada y un crecimiento que no merecía celebrarse en exceso, pero relativamente solvente, tampoco podían extrañar demasiado esas expectativas de pausa.

Pero el movimiento del petróleo, el miedo al shock energético, la disrupción en los suministros y la incertidumbre respecto a la duración del conflicto y de sus efectos ha provocado movimientos muy bruscos en estas expectativas, como nunca habíamos visto.

Para la Fed ese movimiento ha sido notable, ahora mismo no se espera el primer recorte hasta mediados de 2027. Pero para el BCE esos números bailan muchísimo, recogiendo posibilidades que confrontan de pasar a descontarse dos subidas en el año, como es el caso ahora, a solo un recorte o ninguno. Todo ello en función de los tantos titulares que van surgiendo y que, de momento, tienen al mercado buscando una luz en un oscuro camino, sobre todo para las economías que más parecen estar afectadas. Y la europea lo está por encima de la americana. Hablarán los bancos centrales esta semana que viene.

Así es, un conflicto que empieza Estados Unidos, con el indudable empujón de Israel, pero con consecuencias económicas lejos de allí, con Europa y Asia en primera línea. Habiendo dicho todo esto, casi cualquier idea, visión de mercado u opinión puede quedar desfasada en un pestañeo.

*Jesús Sáez, Head DCM Iberia en Natixis CIB


© El Confidencial