Kitchen: corrupción política y corrupción de Estado
'Hasta la cocina' se llama el escándalo porque la corrupción del Partido Popular entró hasta el fondo, hasta donde nunca había llegado ningún otro caso. Para determinar la mayor gravedad de este juicio, al que la Policía le puso ese nombre, Kitchen, que es cocina en inglés, no vamos a referirnos ni a la cantidad de dinero defraudada ni al número de personas procesadas o condenadas. Como el historial de corruptelas en España es tan amplio, tenemos todas las comparaciones posibles: hay otros casos de mayor importancia en cuanto al dinero defraudado, como el escándalo de los ERE de la Andalucía de Manuel Chaves, y también por la importancia de los procesados, por ejemplo aquel que afectó a la propia Casa Real del emérito Juan Carlos I.
Si la trama del Partido Popular podemos calificarla como el mayor escándalo de la democracia es porque estamos ante un episodio de ‘corrupción global’, que comienza con el manejo de dinero negro, procedente de comisiones ilegales por la adjudicación de obras públicas, y acaba con el empleo de dinero público para hacer desaparecer las pruebas existentes, es decir, para obstruir la labor de la Justicia. Corrupción política y corrupción de Estado. Y nadie ha pedido disculpas en el PP. Cuando oigamos, algún día, que un dirigente político pide disculpas por la corrupción en su propio partido, podemos empezar a creernos que ese mantra de ‘tolerancia cero’ ante la corrupción es algo más que una cínica excusa para perpetuar la misma estructura viciada de financiación ilegal.
En las distintas piezas que configuran este escándalo de ‘corrupción global’, el juicio de la Kitchen constituye el último episodio de todos, quizá el último cronológicamente, y el más extremo, por la trascendencia criminal de los delitos. Una película de miedo, como decía ayer en estas páginas mi compañero Alejandro Requeijo tras asistir a la primera sesión del juicio. El resumen de lo sucedido, si lo conectamos con los escándalos anteriores, es el siguiente. El Gobierno de Mariano Rajoy crea una trama de corrupción política que tiene como eje central al tesorero del Partido Popular, Luis Bárcenas. Cuando todo se destapa y la policía detiene al tesorero, ocurre lo de siempre: primero se culpa a jueces y fiscales de estar conspirando contra el partido implicado ("Esto no es una trama del PP, es una trama contra el PP", como dijo Mariano Rajoy) y, cuando van conociéndose los detalles de la investigación policial, el partido se desentiende de los imputados, como si jamás los hubiera conocido ("esa persona de la que usted me habla", como dicen todos).
Sin embargo, esta vez todo llega más lejos, mucho más lejos. Luis Bárcenas, que está en prisión, comienza a filtrar algunos documentos comprometedores y, en la cárcel, planifica la defensa con su abogado y con su mujer, Rosalía. Los ‘fenómenos paranormales’, por seguir con el símil de la película de terror, comienzan en ese momento porque el tesorero Bárcenas sospecha que están grabando todas sus conversaciones y que otros reclusos siguen todos sus pasos. Es entonces cuando, antes de reunirse con su mujer o con su abogado, Bárcenas comienza con una provocación evidente: "Un saludo al ministro del Interior" que nos estará escuchando. Pero sigue hablando con su mujer, Rosalía, y esta anota en una libreta todos aquellos documentos que le solicita su marido para defenderse. Desde posibles recibos de pagos en ‘dinero b’ a distintos dirigentes del PP hasta el cálculo de la cantidad de dinero negro que entra en las arcas del partido al año. La cuestión es que esas conversaciones de Bárcenas con su mujer convierten a Rosalía en el cable suelto más peligroso. Ahí es donde entra en escena el mercenario disfrazado de sacerdote.
El hijo de Luis Bárcenas, Willy Bárcenas, exitoso líder de Taburete, estaba en casa de sus padres ese día cuando entra un mercenario disfrazado de cura, con una pistola en las manos. Los amenaza y, con unas bridas, los ata a una silla: a Rosalía, a su hijo Willy y a una empleada de hogar. En su perorata intimidatoria, siempre repite lo mismo, quiere que le entreguen los pendrives con información. En un gesto de valentía, Willy Bárcenas logra desatarse y derribar al mercenario disfrazado de cura. Lo contó él mismo en la instrucción: "Cuando consigo quitarme las bridas y tirarle al suelo y le pego un par de puñetazos, a los dos minutos aparece Sergio, una cosa bastante rara (...) Me acuerdo de su cara al doblar el pasillo. La cara como de susto, no sé. Cara como de 'esto ha salido mal'".
¿Quién es Sergio y por qué contempla la escena con cara de frustración? Pues porque Sergio en realidad, no era el chófer de la familia Bárcenas sino un policía infiltrado para que informara de todos sus movimientos y del detalle de la casa, necesario para robar los documentos. Cada uno de los pasos de este truculento episodio está financiado con dinero público, dinero de los fondos reservados que son lo que se utilizan, entre otros menesteres, para esclarecer delitos y que, en este escándalo, se usan para ocultarlos.
Siempre conviene reseñar, como en todos los demás escándalos, que a partir de las investigaciones policiales y las conclusiones judiciales de la fase de Instrucción, es en la vista oral donde tienen que acreditarse las pruebas que sustenten las condenas o, en caso contrario, las absoluciones. Sin prejuzgar nada de eso, que implica la participación del ministro del Interior de Rajoy en toda esta podredumbre, lo que sí es lícito preguntarse es qué mercenario se disfraza de cura para asaltar una casa en busca de pendrives y qué ministro del Interior pone en marcha una estrategia así sin el consentimiento, o el mandato expreso, del presidente del Gobierno para el que trabaja.
La deducción es tan elemental como la que se plantea sobre cómo funciona la corrupción política y quién autoriza las comisiones a las empresas, que acaban en dinero negro para algunos y financiación ilegal para el partido. Pero esa pregunta ya nos la respondió hace unos meses Pablo Crespo, uno de los condenados por la corrupción política del PP. Dijo así en su entrevista con El Confidencial: "Cualquiera que esté en un partido político sabe que se financian con el dinero de las empresas con las que se licita y negarlo es una estupidez". Pues eso. No seamos pánfilos.
