Sánchez debería admitir: "Somos menos"
Aragón es el segundo episodio de la serie de cuatro elecciones autonómicas, anticipatorias de las generales, destinada a mostrar que Frankenstein está muerto como fórmula viable de gobierno, aunque no necesariamente como instrumento de combate político. El sanchismo padece una crisis parlamentaria, una judicial, un colapso de las infraestructuras y servicios públicos esenciales; y por si la mezcla no fuera suficientemente explosiva, se le ha añadido una sucesión de derrotas electorales concentradas en un semestre.
Pedro Sánchez decidió en su día sustituir la competición de partidos por una confrontación binaria entre bloques inconciliables que se repelen entre sí. A un lado, el partido de Sánchez y toda su cohorte de aliados destituyentes, ultraizquierdistas y nacionalistas de distintos pelajes. Enfrente, por usar su lenguaje, "la derecha y la ultraderecha": es decir, PP y Vox, hermanos de sangre condenados a detestarse y coaligarse a la vez.
En la noche del 23 de julio de 2023, Sánchez proclamó abierto ese marco de guerra política bajo su caudillaje con dos palabras: "Somos más". Han transcurrido 30 meses. Hoy debería comparecer públicamente y admitir: "Somos menos". Como no lo hará, le han programado cuatro citas con las urnas para que toda España lo sepa antes del combate final. El único poder real que le queda es fijar la fecha.
Bloque frente a bloque, primer nivel ineludible del análisis electoral en la España de 2026. En Extremadura, 24 puntos y 15 escaños de ventaja de la derecha sobre la izquierda. En Aragón, 12 puntos y 15 escaños de ventaja de la derecha con un navío de la armada oficialista -Podemos- expulsado del Parlamento regional. En cuanto a los buques insignia de cada flota, el PP supera al PSOE por 17 puntos en Extremadura y 10 puntos en Aragón. Nadie espera que en Castilla y León y Andalucía las distancias sean menores. En las encuestas de ámbito nacional, el bloque derechista supera al oficialista por 12 puntos.
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Se acabó el empate crónico entre bloques que duró una década. Durante esta legislatura se ha abierto entre la derecha y la izquierda un socavón electoral que atraviesa España de forma homogénea, exceptuando las comunidades (País Vasco y Cataluña) que disponen de un sistema de partidos propio por la presencia poderosa de fuerzas nacionalistas. Las dos fuerzas tractoras del fenómeno son la crecida espectacular de Vox -compatible con el mantenimiento del PP- y el desplome del PSOE, no compensado -más bien al contrario- por una recuperación de sus aliados de la ultraizquierda, víctimas además de su arraigada vocación fraccional.
Lo más novedoso del tour electoral de la primera mitad del 26 es que Andalucía se comporte como Castilla y León y Aragón como Extremadura, o viceversa. Con leves matices, igual cosa sucedería si entrara en juego cualquier otra comunidad autónoma, con las dos excepciones mencionadas.
Opinión
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Estamos transitando de la extrema segmentación del voto a la homogeneización creciente de las tendencias, que se manifiesta incluso a nivel transnacional. El despegue de Vox en España reproduce, con cinco años de retraso, los pasos de lo ocurrido en Europa con la extrema derecha; lo mismo puede decirse del ocaso de la socialdemocracia.
Aquí Vox se aproxima al 20% del voto cuando sus homólogos europeos han superado ya el 30% o están a punto de hacerlo; y la caída a plomo del PSOE sigue la estela de la del SPD alemán, agudizada en nuestro caso por la animadversión que el sanchismo suscita en amplios sectores de la población que en el pasado formaron parte de la base electoral del PSOE.
Lo extraordinario del caso español es la resistencia de un partido del centroderecha convencional como la fuerza más votada, aunque estancado en cifras que le impiden aspirar a ejercer un gobierno autónomo no sometido al chantaje de la extrema derecha. Clausurado el........
