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Enviar tropas a Ucrania: la política de defensa no se rifa

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09.01.2026

Pedro Sánchez ha ido construyendo sus sucesivas mayorías parlamentarias -una distinta cada semana- sobre mecanismos parecidos a los que rigen el funcionamiento de un bazar. Toda su trayectoria ha consistido en instalar un zoco de compraventa de votos donde era posible intercambiar una reforma laboral por una competencia sobre cárceles o fronteras, una pieza de soberanía por un decreto-ley o un principio constitucional por una autopista con comisionistas incluidos. Así, vaciando la bolsa como si el Estado fuera un saco sin fondo, gastando mucho e invirtiendo muy poco, ha ido tirando durante más de siete años.

Sólo de esa forma es posible inventarse un gobierno de coalición en 24 horas, compartir la dirección del Estado con la caterva completa de los enemigos del Estado o hacer del trapicheo el fundamento y método sustentador de la acción de gobierno. La concepción mercantil y mercenaria de la política que Sánchez encarna retrata a un buhonero de la política, un feriante que igual te compra un procés o una ley del sí es sí que te vende un tribunal constitucional, sea o no de su propiedad. Su éxito consistió en encontrar clientela suficiente para ese juego.

Llega el momento en que a los mejores ilusionistas les asoman las cartas por la bocamanga o, simplemente, se les agotan los trucos practicables. Es la hora de la verdad en el escenario internacional y ya no valen posturitas de galán para hacerse pasar por estadista. En América se ha instalado un psicópata neoimperialista, en Rusia un tipo de la KGB con pretensiones de zar y en China un robot dispuesto a dominar el mundo en el siglo XXI sin hacer casi ruido, mientras Europa tiembla asustada de su propia decadencia. En esta partida, si no posees un arsenal nuclear -por pequeño que sea-, no eres nadie.

Hace tres años que Rusia invadió Ucrania con la pretensión inicial de apoderarse de ella y, después, cuestionar todos los equilibrios establecidos en Europa desde la caída del Muro de Berlín. El Parlamento español aún no ha tenido un debate merecedor de tal nombre sobre la política de defensa y seguridad nacional, sobre los compromisos que podemos o no adquirir en el seno de la Unión Europea y de la OTAN y sobre nuestras propias capacidades militares y diplomáticas.

El actual presidente del Gobierno y el líder de la oposición, firme candidato a ocupar el puesto, no han encontrado la ocasión para valorar conjuntamente la política exterior y de defensa de España en un escenario global sometido a violentas sacudidas (en realidad, no han encontrado un minuto para valorar conjuntamente nada en absoluto).

Siete años y medio después de alcanzar el poder, el presidente constata que ninguno de los partidos que lo propulsaron a la Moncloa está por la labor de compartir una política exterior y de defensa como la que Europa necesita para no extinguirse como un actor relevante; que la mayoría de ellos se siente más cerca de Putin que de Ucrania y mira más a Pekín que a Bruselas, no digamos a Washington. Y que, en realidad, la seguridad nacional de España les importa una higa; es más, están interesados en que este Estado-nación con más de 500 años de existencia deje de ser ambas cosas: Estado y nación.

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Para que este presidente siga participando en la mesa de las decisiones europeas (no la de los 27, sino la de los cinco o seis importantes), hace falta que sucedan dos cosas: primera, que se fíen de él. Segunda, que le crean dispuesto a adquirir compromisos y cumplirlos. Lo tiene difícil: hace mucho tiempo que Sánchez no ha dado una prueba consistente de ninguna de las dos cosas, más bien al contrario. Todos conocen el motivo: sus socios domésticos no se lo permiten y él se niega siquiera a........

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