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Campeones mundiales de la discordia

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23.01.2026

Era la mañana del 11 de marzo de 2004. En cuanto entré por la puerta del comité electoral del PSOE, casi sin saludar me lanzaron a bocajarro la pregunta: ¿qué efecto tendrá esto sobre las elecciones del domingo? Quizá era lógico puesto que yo era experto en elecciones y no en terrorismo, pero habría agradecido que me dieran un minuto para compartir el horror. Además, en ese momento ni siquiera conocía los detalles ni el alcance de la matanza.

Respondí sinceramente: no hay precedentes que conozca. Pero supongo que, a poco que el Gobierno lo maneje con sentido común, le beneficiará. En situaciones traumáticas como esta, lo habitual es agruparse en torno a quien está al mando. Eso, si la situación permite que haya elecciones.

Al parecer, el presidente del Gobierno convocó esa mañana en la Moncloa un peculiar comité de crisis al que fue llamado el asesor electoral del PP y no el director del CNI. La primera pregunta fue exactamente igual: ¿qué efecto tendrá esto sobre las elecciones? La leyenda atribuye al experto de turno una respuesta de este tenor: si el atentado es de ETA, mayoría absoluta para nosotros. Si es yihadista, tendremos problemas. Lo que sucedió después se entiende mejor desde ese punto de partida.

No puede decirse que el mandato de Pedro Sánchez haya estado escaso de hechos traumáticos que merecían tratarse con sentido común -por no hablar de la obsoleta altura de miras-. El hilo común que atraviesa la reacción del Gobierno en todos los casos es actuar siempre como si hubiera elecciones tres días después. Ponerse desde el primer minuto a buscar e imponer el hilo narrativo que le permita no cargar con la responsabilidad política de la desgracia, la tenga o no; y ello antes de que nadie sugiera esa responsabilidad. Como si supiera que más pronto que tarde lo intentarán culpar y diera preferencia absoluta a protegerse de antemano. Como principio de vida, el relato antes que los hechos y la exculpación antes que la solución.

Opinión

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El accidente de Adamuz se conoció el domingo a última hora de la tarde. En cuanto se atisbó la dimensión de la tragedia, más allá de la cautela inicial, todos tuvimos una doble certeza. Que el Gobierno entraría en fase defensiva, promoviendo compulsivamente cualquier versión -por extravagante que sea- que lo aleje de la responsabilidad; y que la oposición tardaría poco en señalar a Sánchez como si él mismo hubiera empujado a los dos trenes a la colisión fatal.

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