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Baja Velocidad Española

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30.01.2026

AVE es el acrónimo de Alta Velocidad Española. Quien lo bautizó así era engreído, parecería que inventamos aquí los trenes veloces; pero no se le puede negar talento para el marketing. Las tres letras hicieron fortuna hasta el punto de que la marca sustituyó al producto y dejó de decirse "voy en tren" para especificar "voy en AVE", como quien desayuna Nescafé o se limpia con Kleenex.

Además de su aportación innegable al progreso del país, el AVE se convirtió en un fetiche colectivo, el icono sentimental de un segundo salto desarrollista (el primero se dio durante el franquismo), asociado esta vez al ingreso en la Europa comunitaria y a la proliferación de infraestructuras de transporte y telecomunicación que nos hicieron sentir como un país moderno por primera vez en mucho tiempo.

Viajar en AVE era cómodo y rápido, pero, sobre todo, resultó emocionalmente gratificante: contribuyó a reconciliarnos con nuestro pasaporte junto a algunas gestas deportivas subsiguientes a los Juegos Olímpicos del 92. Eso y tener la misma moneda que los franceses y los alemanes, a quienes, según la profecía zapateril, estábamos a punto de superar… inmediatamente antes de que la crisis nos pasara por encima.

Para hacer la historia corta, el caso es que hace un par de semanas un AVE descarriló en Córdoba y otro que venía en sentido contrario se estrelló contra los vagones que habían invadido su vía. Quince días después de la tragedia, se multiplican las órdenes de reducir drásticamente la velocidad de los trenes en todo el territorio y se cuestiona el sistema ferroviario al completo, sin que el Gobierno encuentre argumentos de peso para desmontar la psicosis colectiva, salvo balbucear explicaderas inconexas que al día siguiente se caen para ser sustituidas por otras igualmente efímeras.

Un accidente es un hecho puntual que comienza y concluye en sí mismo. Nada hace pensar que ese sea el caso que nos ocupa. Visto lo visto en estas dos semanas, o el Gobierno ha entrado en histeria y sobreactúa de forma absurda, o el suceso de Córdoba ha hecho emerger que estábamos sentados sobre una bomba: un desgaste generalizado de materiales en toda la red ferroviaria nacional, cuya revisión y reparación exigirá mucho tiempo y recursos ingentes. Mientras, la autoridad competente ha decretado la Baja Velocidad Española en la circulación de nuestros trenes. Quién podría pensar que la catástrofe de Córdoba resultaría tan trágica como providencial. Al menos, ahora entrevemos a qué clase de desafío nos enfrentamos.

Ojalá tuviéramos tan sólo un problema de trenes. En realidad, la Baja Velocidad Española es la marca infamante de este período. Otro "extraño suceso" en forma de apagón reveló que también estamos sentados sobre una bomba en el sistema energético, víctima de todo tipo de negligencias, ineptitudes en la cúspide y recetas dogmáticas de catecismo. Que las aguas se desbordan precisamente en el lugar de nuestra costa en el que se sabe desde hace décadas que tenderán a desbordarse cuando llueva más fuerte que de costumbre. Que más vale no poner a prueba nuestro sistema sanitario porque sus costuras reventarán. Y que probablemente las espléndidas autopistas que construimos hace 30 años no están en mejor estado de conservación que las vías del ferrocarril. De hecho, las cifras de accidentes mortales vienen repuntando de forma alarmante, y la única solución que se les ocurre a los responsables es........

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