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Cuando la salida de la pobreza cae en la trampa de las buenas noticias

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Para las estadísticas, Rosa dejó de ser pobre un miércoles.

El martes había vendido comida en una esquina de Lima, como todos los días. El miércoles hizo exactamente lo mismo. No había encontrado un empleo mejor ni había cambiado su situación familiar. Seguía sin seguro médico y sin ahorros para afrontar una emergencia. La única diferencia era que sus ingresos habían superado, por poco, el umbral estadístico de pobreza.

Su vida seguía siendo prácticamente la misma.

Una semana de malas ventas o una enfermedad bastarían para que volviera a quedar por debajo de ese umbral. Rosa es un personaje ficticio, aunque la fragilidad económica que representa es muy real para millones de latinoamericanos.

Su caso plantea una cuestión que las cifras agregadas no siempre permiten apreciar: cuánto cambia la vida de una persona cuando deja de figurar como pobre.

Durante años hemos celebrado, con razón, cada descenso de las tasas de pobreza. Los avances han sido importantes y sería injusto restarles valor. En 2002, el 45,3% de los latinoamericanos vivía en situación de pobreza. Pero en 2026, según las estimaciones de la Fundación Microfinanzas BBVA, esa proporción se habrá reducido al 24,8%.

Es un resultado importante.

Al mismo tiempo, alrededor de 210 millones de latinoamericanos se encuentran fuera de la pobreza, pero tan cerca de ella que cualquier contratiempo puede hacerles retroceder. Disponer de ingresos algo mayores no equivale a tener estabilidad. Se puede trabajar, llevar un pequeño negocio y seguir sin ahorros, sin cobertura ante una enfermedad o sin una pensión para afrontar la vejez.

Las tasas de pobreza nos dicen cuántas personas han cruzado el umbral, pero nos dicen bastante menos sobre la distancia que han conseguido poner entre ese umbral y su vida cotidiana.

Esta realidad se manifiesta de distintas maneras en América Latina. En Perú, casi siete de cada 10 trabajadores........

© El Confidencial