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La herencia del sanchismo (II)

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30.12.2025

El proceso sanchista de deconstrucción y desmantelamiento de la realidad histórica de "España" ha dado lugar a crisis varias que se superponen y retroalimentan unas a otras. La primera y fundamental es la crisis del sentido de nación, de Gemeinschaft, de comunidad; que se traduce en crisis de representación y de la política, incapaz de alcanzar consensos; que redunda en desgobierno, deterioro e ineficiencia del Estado y la administración pública; que alimenta una economía populista, dopada y de baja productividad (tema que no podemos abordar ahora); y todo ello deteriora la reputación de España y su posición exterior.

Y las llamamos "crisis" con cierto optimismo. Pues una crisis es algo pasajero, coyuntural, que regresa al punto de partida. Pero no es nada segura esa posibilidad, de modo que puede que acaben siendo crisis, pero puede también que sean recordadas como puntos de inflexión de un proceso reconstituyente de la realidad histórica que, desde hace siglos, hemos llamado "España".

¿Qué queda del sentimiento de unidad nacional?

Y esto es quizás lo más importante, aunque no sea lo más visible. Pues un país es, en primer lugar, una comunidad de solidaridad, una fraternité (en el lenguaje clásico), que se muestra en que los ciudadanos, como en una gran familia, están dispuestos a dar sin esperar recibir nada a cambio. Si hay una catástrofe en Valencia, Lugo o Canarias, el resto de los españoles no solo aceptan ayudar gratis, sino que exigen esa ayuda singular; algo que no ocurriría si la catástrofe tuviera lugar en Lyon o Marrakech. No hay fraternidad más allá de un sentido íntimo de pertenencia a una comunidad, un "nosotros", la "nación española", como dice la Constitución, el sujeto político por antonomasia, el único "soberano". Y allí donde se quiebran los lazos de solidaridad, aparece otra comunidad, y con ella otra nación.

Pues bien, el elemento articulador de esa fraternité es una conversación común, un ágora pública. No hay comunidad sin comunicación y una nación debe entenderse como una gran conversación que salta de un lugar a otro cubriendo todo el territorio y va tejiendo consensos y acuerdos, definiendo temas comunes, argumentos, posiciones, pero también espacios donde se debate y líderes de opinión aceptados. Una gran ágora pública en la que todos se reconocen a todos como interlocutores válidos.

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Pues bien, esa conversación está hoy rota. Rota por las lenguas en no pocas CCAA, pero también por las ideologías (izquierda-derecha; nacionalistas-constitucionalistas), y por las identidades (género y, crecientemente, la edad), y rota de nuevo por las redes sociales, que hacen de todos ellos burbujas dentro de burbujas que se retroalimentan. La pasión por la identidad (lo que separa, lo que se supone que "somos") mata a la nación (lo que une, lo que "hacemos", un proyecto de futuro).

Y fragmentada la solidaridad, todo es un trueque, un comercio, un do ut des. No ya las mal llamadas comunidades históricas, sino el mismo Estado de las Autonomías ha pasado su punto de inflexión y hoy es más centrifugador que centrípeto. La nación ha quedado fragmentada sin más denominador común que el "Estado" español, España reducida al Estado, un Estado que es (voluntariamente) "residual" en no pocos territorios. Al parecer, solo las competiciones deportivas activan de vez en cuando sentimientos nacionales compartidos.

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Añadamos un fenómeno de alcance mundial pero poco meditado: la desnacionalización de las élites económicas (directivos, grandes empresarios y grandes empresas), más preocupadas por los mercados internacionales -de los que depende su fortuna- que por la economía española. Es un fenómeno general que se visibiliza en la indiferencia de los "mercados" a las crisis políticas de sus respectivos países. ¿Qué me importa que la democracia americana o española esté en peligro si los mercados marcan alzas? Y así, mientras la política se descompone, el Ibex alcanza un máximo de 17.000 puntos, por vez primera en su historia.

¿Qué está pasando? Pues pasa que los "globalizados", ciudadanos integrados en redes de negocios o de información transnacionales, se desentienden de España, pues su territorio hoy es ya el mundo. Para quienes pueden encontrar trabajo igual en Madrid o Barcelona que en Londres, Singapur o Buenos Aires, España es una provincia más del imperio global. Abandono de las élites económicas que debilita enormemente la sociedad civil.

Pero junto a los globalizados, defensores de una sociedad global y abierta, aparecen los left behind, los abandonados y "territorializados" en su Estado, defensores de sociedades cerradas, que buscan desesperadamente protección y creen encontrarla en los "populismos": 1.-protección política en el viejo Estado, y abjuran de la Unión Europea o similares; 2.-protección económica, y se suman al proteccionismo comercial y los aranceles; 3.-e, incluso, protección cultural e identitaria, y rechazan todo tipo de multiculturalismo woke o cosmopolitismo, para volver a las tradiciones, sean estas los toros, la caza o la misma religión. La emigración, icono de todo ello, acaba siendo el chivo expiatorio de ese enorme malestar, que prende sobre todo en la gente joven.

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Se abre así una profunda dualización socioeconómica que enfrenta a los globalizados universitarios y cosmopolitas con los nuevos "paletos" (trufados de inmigrantes), marginados y menospreciados por el supremacismo moral de las izquierdas y las nuevas guerras culturales, brecha que se abre recomponiendo el espectro de la representación política (y que la IA va a acentuar). Brecha de la que bebe Vox, entre cuyos electores crece una sensación de "desplazamiento, desposesión simbólica y falta de reconocimiento", lo que los clásicos llamaban "privación relativa" (Rubén Díaz). Es urgente aprender a mirar hacia abajo para integrar a esas enormes masas de desfavorecidos que se sienten, con razón, abandonados, y no solo materialmente.

¿Qué queda del consenso? Profunda crisis de la política

De modo que, al viejo eje ideológico izquierda-derecha, se ha sumado en España, ya hace tiempo, uno autóctono entre nacionalistas-constitucionalistas. Pero aparece ahora otro eje nuevo entre los partidarios de sociedades abiertas o de sociedades cerradas, entre los globalizados y los territorializados, un eje que rompe tanto a conservadores como a progresistas o nacionalistas. Una enorme fragmentación ideológica que vemos en muchos otros países, dando lugar a gobiernos Frankenstein, "arcoíris" o jerigonça, coaliciones multipartidistas complejas, heterogéneas e ideológicamente dispares.

Nada menos que 65 partidos se presentaron a las elecciones del 2023 (casi la mitad son partidos nacionalistas), de los cuales 13 obtuvieron representación parlamentaria. Y la suma de los dos únicos partidos de gobierno (PP PSOE), que llegó a ser el 84% de los votos, bajó a menos del 50% en el 2019, aunque luego ha subido. Entre 2015 y 2019, España pasó por cuatro elecciones generales, terminando con un Gobierno socialista que obtuvo poco más del 30% de los votos.

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Cuando la comunidad se fragmenta de ese modo, la posibilidad de consenso desaparece y es sustituida por mayorías numéricas coyunturales. Puesto que no hay diálogo ni posibilidad de llegar a acuerdos positivos, la pregunta no es "quién tiene razón", sino "quién tiene más votos". Y no se trata ya de construir un proyecto común (que eso es una "nación"), sino de ganar la votación pactando con quien sea, a cambio de otras votaciones y otros pactos posteriores. "Pactos" que no son acuerdos a los que se llega tras un diálogo que genera consenso, sino simples transacciones momentáneas (deals, como los denomina Trump). No nos ponemos de acuerdo en hacer algo, nos ponemos de acuerdo en que yo te doy algo a cambio de que tú me des otra cosa. Trueques, no pactos.

La disolución del consenso comenzó con la estigmatización de la "Transición" como traición y pacto de las élites contra el pueblo, que destruyó una valiosa herencia de legitimidad política y de proyecto común de futuro. Los españoles -y los sondeos lo acreditan- consideran la Transición como un gran momento de unidad nacional y desean regresar a ella, al "consenso" y el entendimiento; según el CIS, más del 70% lo declaraban así en el 2025. Tuvimos un proyecto nacional (democracia, modernidad, Europa) porque fuimos una comunidad, y viceversa. Ya no, y hemos destruido uno de los pocos momentos de nuestra historia en que hubo consenso nacional, hemos destruido una "memoria" que unía para poner en su lugar una falsa "memoria" que divide y, así, separando en bloques, garantizar la estabilidad de la alianza. Pues al otro lado de la alianza solo hay "extrema derecha y derecha extrema", prácticamente fascistas. ¿Cómo entenderse con ellos?

Pero la sociedad no es estúpida y sabe que eso son juegos políticos de baja calidad. Y si vemos las series históricas de apoyo popular al gobierno de la nación, veremos que se mantienen en niveles altos, incluso superiores al 60%, hasta las elecciones del 2004 que dieron el gobierno a Rodríguez Zapatero, a partir del cual la curva de apoyo parece la de un enfermo terminal y cae por debajo del 20%. Y ahí sigue. Y de ahí el rechazo de la política y los políticos.

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Hace poco el Pew Research Center mostraba que hasta el 70% de los españoles deploran el estado de nuestra democracia, un porcentaje solo superado por Grecia (la media de 31 países es del 54%). Pues bien, la situación ha empeorado. Algunos datos recientes: ¿Considera que las instituciones del Estado están degradadas? Sí, 87%. Poca o ninguna confianza en el gobierno, 71%; en el Congreso, 78%; en el Tribunal Constitucional, 68%, y en el Senado, 78%. Solo la Corona se mantiene en equilibrio (50% confianza versus 47% desconfianza) (El Mundo, 8/12/2025). Datos simplemente demoledores.

Pero veamos más datos del último reciente Barómetro del CIS de diciembre 2025. Pregunta: "¿Cuál es el principal problema de España?". En primer lugar, la vivienda (19%); en segundo lugar, los problemas políticos,11%; en tercer lugar, Gobierno y partidos políticos concretos,11%; en cuarto lugar, la corrupción, 8,5%; en quinto lugar, el mal comportamiento de los políticos, 8%. Cuatro de los cinco mayores problemas son "los políticos". El paro y la inmigración figuran en el séptimo y octavo lugar, muy por detrás. Datos que se repiten hace años mostrando que quienes tienen como tarea resolver nuestros problemas resultan ser ellos mismos el principal problema; una paradoja. ¿Y el CIS no pregunta por la monarquía? Sí, aquí aparece también, mencionada como problema por… el 0,1% de los españoles.

Rechazo de la política que, de una parte, alimenta apatía e indiferencia, aburrimiento (el "todos son iguales"), que a su vez deriva en carpe diem: si no podemos hacer nada, disfrutemos del presente. Y, de otra parte, alimenta varios radicalismos con enmiendas a la totalidad del pacto constitucional. Para la extrema........

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