Los amigos son las personas que nos recuerdan quiénes fuimos
La amistad adulta rara vez muere de golpe. Con frecuencia la dejamos morir nosotros a fuerza de aplazar una llamada, una comida, un viaje. No existe una pelea que señale el final ni una despedida que permita guardar luto. Simplemente llega un momento en que descubrimos que alguien que conocía nuestros pensamientos, nuestras contradicciones y hasta nuestras versiones más antiguas, ya no sabe más de nosotros que lo que dejamos en una pantalla.
Durante la infancia y la juventud, las circunstancias hacen buena parte del trabajo. El colegio, la universidad y los primeros empleos nos ponen delante de las mismas personas una y otra vez. La repetición crea familiaridad, y la familiaridad puede convertirse, casi sin que lo advirtamos, en intimidad.
Después llega la vida adulta y aquella arquitectura desaparece.
Cambiamos de ciudad, de trabajo, de pareja. Llegan los hijos, las obligaciones, los padres que envejecen, los proyectos y el cansancio. Las agendas se llenan mientras el tiempo compartido se vuelve escaso. Entonces la amistad deja de ser consecuencia de coincidir y exige una decisión. Llamar. Desplazarse. Encontrar un hueco. Insistir después de meses de silencio. Entender que durante una temporada será uno quien tire de la relación y, más adelante, quizá tenga que hacerlo el otro...
Hannah Arendt decía que la amistad no es solo intimidad, también conversación sobre el mundo y perspectiva
Hannah Arendt, a quien vuelvo cada vez que necesito entender algo, sostenía que la amistad no es........
