“El problema es que no existe una mirada al sistema desde el funcionamiento institucional”.
El problema con quienes se entusiasman por un aparente ‘outsider’ o miran el debate y las redes a la espera de un nuevo líder, es que terminan cayendo en lo que la politología advierte desde hace años: los peruanos siguen a la espera de un mesías capaz de transformar el sistema corrupto. Esto no solo es problemático por ser terreno fértil para las retóricas populistas bajo la dinámica yo-ellos. Esto lo sabemos de panfleto.
El problema es que no existe una mirada al sistema desde el funcionamiento institucional. Esto se evidencia, por ejemplo, en la norma mediática sobre la política: la adjudicación de los males al presidente de turno y el recurso de la vacancia como “procedimiento moral” mediante un Congreso igualmente rechazado. Las vacancias han sido un clamor irracional movido por deseos de “sentir que se hace algo”, a través del fino procedimiento largoplacista de cerrar los ojos, cruzar los dedos y esperar a que venga algo mejor.
Mientras todos repiten que el Congreso es la causa de los males, se sigue mirando al presidente como quien es responsable de ellos y por lo tanto como quien debe resolverlos. Si vemos el sistema de partidos peruano desde las cuatro categorías de Mainwaring, encontramos que no existe ningún atisbo de institucionalidad necesaria para el funcionamiento de una democracia.
Las elecciones se ven como salidas potenciales de la crisis, pero mientras sigamos buscando un héroe sin mirar la plataforma partidaria de la que viene y sin una visión por la institucionalización del sistema, seguiremos en un péndulo coyuntural cortoplacista donde criticamos aquello de lo que somos funcionales. Votemos por partidos en proceso de institucionalización efectivos y actores con bases reales para cambiar la dinámica entre poderes (fácticos y legales), no por figuras populares que dicen lo que queremos escuchar. No basta.
