“Castillismo y fujimorismo sobreviven gracias a lo que ha significado para millones de peruanos la propiedad”.
En las últimas dos elecciones, el castillismo y el fujimorismo pasaron a la segunda vuelta repartiéndose victorias y derrotas, la sal y la arena. Si bien en la primera vuelta el nivel de apoyo a cada sector no pasó del 20% de los votos válidos en ningún caso, tampoco bajó del 10%. En terreno árido para el florecimiento de partidos, son lo más consistente que tenemos en materia de (pseudo) identidades partidarias. Es lo que hay, si dejamos a un lado los antis. ¿Qué tienen estas ‘fuerzas’ políticas para poder aglutinar a fieles seguidores a pesar de que no cuentan con organizaciones sólidas ni doctrinas elaboradas?
En primer lugar, tienen pasado. El castillismo busca representar una reivindicación histórica en beneficio de un sector de la sociedad rural marginada. Es la prolongación de la activación de la izquierda campesina que alentó la dictadura de Juan Velasco Alvarado (1968-1975) y que se basó en la repartición de la propiedad rural a una masa que por entonces se debatía entre la postergación del campo o la migración hacia el mundo urbano. La desestructuración de la concentración de la propiedad a partir de la expropiación fracasó a nivel económico, pero creó un sujeto rural popular que sobrevivió al velasquismo, Sendero y al propio fujimorismo. El electorado que ha apoyado las candidaturas de Pedro Castillo y Roberto Sánchez es heredero de esta politización antiestablishment que se inició hace casi........
