De cuando El Tío Camuñas infundía miedo
De cuando El Tío Camuñas infundía miedo
Cuando no hay vuelta de hoja
Admirado David San Juan
Artesanía, Cabañas de Polendos
El miedo es la materia prima irrenunciable que moldean para su beneficio las religiones, las ideologías, la economía y otras actividades humanas. Se trata de una fuente de energía inagotable, imperecedera, inalterable, inextinguible y, además, muy barata y adaptable. Y esto es así desde el principio de los tiempos, debido a que es un factor inherente a la naturaleza de cada persona: siempre tenemos disponible en nuestro interior un espacio indefenso que no ofrece resistencia a la sensación del miedo.
Podría encajar perfectamente como la palanca que pedía el sabio griego Arquímedes de Siracusa con su famosa frase: dadme una palanca y moveré el mundo. Efectivamente, el miedo, como la codicia, es una de las fuerzas que mueve el mundo. Pero este tipo de miedo es un tema demasiado extenso para tratarlo en este texto, cuya única pretensión es reducirlo a un ámbito social más abarcable como es el entorno familiar.
Hasta hace poco, en las etapas infantiles de varias generaciones se contaba con varios personajes ideados para controlar desde el principio a las criaturas cuando éstas ya empezaban a actuar por su cuenta. Se empezaba con los cuentos de los lobos, de Caperucita y, ya para meter más presión, del hombre del saco, del sacamantecas y otros personajes en función de cada lugar.
Reunidos los cinco miembros de la familia al calor de la cocina económica, con la luz de una bombilla de 60 vatios a corriente de 125 voltios, mi padre, se daba buena maña en escenificar una pequeña farsa con el miedo de protagonista.
—¿Habéis oído ese ruido? —empezaba advirtiéndonos.
—¡Ay maridito mío, quién será —en voz de la madre como personaje.
—Calla Ramonona, nona, que ya se........
