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Cómo lograr una policía justa que proteja al pueblo y combata la delincuencia

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16.04.2026

Soy un hombre del campo, un labriego que conoce bien las penas y luchas del trabajo diario en la tierra. El lunes 13 de abril, como cualquier otro día, salí de mi finca con productos que cultivamos con esfuerzo para repartirlos en el pueblo. Pensaba que iba a hacer mi diligencia con tranquilidad, como siempre, pero la realidad me pegó duro, muy duro.

Al llegar al casco urbano, iba en mi carro por la vía principal, justo frente a la capilla del Amparo, un lugar sagrado para nosotros los católicos. Al pasar, hice la venia al templo, como es mi costumbre, en señal de respeto y fe. En ese momento vi a dos policías: uno se quedó en la moto y otro a pie cruzando la calle. No entendí al principio que uno de ellos me estaba haciendo una señal de pare, porque yo solo pasé y le di reverencia a la capilla. Dos cuadras más adelante, me sorprendió que vinieran detrás mío a alta velocidad y justo al lado izquierdo, uno de los policías desenfundó su arma y me gritó que me detuviera.

Mi corazón se paró un instante. Paré el vehículo, puse la estacionaria y le pedí de buena manera que guardara el arma. Pero él no hizo caso. Mantuvo aquella pistola apuntándome, algo que no está permitido según el reglamento de la policía. Me bajé del carro, y, aun así, el agente no bajó su arma y me apuntaba. Le pregunté por qué actuaba así y me tocó soportar una requisa sin saber bien qué buscaban. Otro policía dijo que estábamos en “zona roja”, y eso se convirtió en la excusa para aquel trato tan duro.

Varias personas que andaban por ahí se acercaron y me preguntaron qué pasaba. Les respondí que me pedían la cédula, querían revisar mis antecedentes y, lo más grave, que me habían apuntado con un arma sin motivo. Yo, un labrador honesto, trabajador y respetuoso de la ley, había sido tratado peor que un delincuente, sin fundamento ni razón justa.

La policía nacional debe ser el escudo protector del ciudadano, especialmente en nuestro pueblo, donde ya hemos sufrido robos, atracos, intentos de secuestro, hurtos y extorsiones. Por eso los necesitamos firmes, duros contra la delincuencia que amenaza nuestra paz y seguridad, pero no pueden volverse abusivos con gente humilde que solo busca ganarse la vida honestamente.

Nosotros, los campesinos, no somos enemigos ni sospechosos permanentes. Somos quienes trabajamos la tierra, levantamos la producción y aportamos para que la comunidad crezca. Merecemos respeto, seguridad y un trato justo por parte de quienes están encargados de protegernos.

Este episodio no solo me dejó un mal sabor en la boca, sino también la tristeza de sentirme discriminado y maltratado por quienes deberían cuidar mi integridad. Es urgente que la policía recapacite y entienda que no podemos seguir siendo tratados con dureza sin motivos válidos, mientras los verdaderos delincuentes caminan libres.

Espero que este mensaje llegue a quienes velan por el orden público, para que hagan una reflexión profunda y cambien esas actitudes que hieren a quienes solo queremos vivir y trabajar en paz. La fuerza nunca debe usarse contra el pueblo trabajador, sino contra quienes amenazan la tranquilidad de todos.


© Diario del Huila