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Cuando la protesta nos detiene a todos

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17.04.2026

Hay algo profundamente contradictorio en el Huila de hoy, somos una tierra que madruga a producir, pero que cada vez con más frecuencia termina detenida en la carretera. No por decisión propia, sino porque el camino, literal y simbólicamente, se ha convertido en el único escenario donde muchos sienten que pueden ser escuchados.

En las últimas 48 horas, el departamento ha vuelto a vivir esa realidad, bloqueos intermitentes en la Ruta 45, movilizaciones sociales, comunidades organizadas, entre ellas la ANUC, elevando reclamos frente a un Estado que, según sus propias voces, no ha respondido a tiempo. Y uno no puede evitar moverse entre la empatía y la impotencia, empatía porque detrás de cada manifestación hay una causa legítima, una necesidad insatisfecha, una deuda histórica, pero impotencia porque, en medio de esa lucha, se termina afectando a miles de huilenses que también tienen derechos.

Porque mientras unos pocos bloquean, muchos más quedan atrapados.

Las cifras ayudan a dimensionar el impacto. Solo en el Huila, más de 88.000 familias viven del café, una economía que no da espera, que depende de tiempos precisos para la recolección, el beneficio y la comercialización. El grano no se mueve solo, se transporta a través de cooperativas, de aliados logísticos, de rutas que conectan las fincas con los centros de acopio y de ahí con los mercados nacionales e internacionales. Cada hora de cierre en una vía principal no es solo una incomodidad, es café que pierde calidad, es un sobrecosto en transporte, es una negociación que se debilita.

Como lo han advertido distintos actores del sector cafetero, los retrasos logísticos inciden directamente en el precio final que recibe el productor, especialmente en cafés especiales donde el cumplimiento en tiempos es clave para mantener estándares de calidad. Y en un departamento que lidera la producción de café suave en Colombia, ese no es un detalle menor, es el corazón de su economía.

A esto se suma el turismo, otro renglón que ha venido creciendo con fuerza, destinos como San Agustín, el desierto de la Tatacoa o el sur del departamento dependen de la conectividad. Un turista que se encuentra con bloqueos, retrasos o incertidumbre, simplemente no regresa, o peor aún, cancela su visita. Según reportes del sector, cada jornada de afectación vial puede traducirse en pérdidas significativas para hoteles, operadores y comercio local, en especial en temporadas altas o fines de semana.

El derecho a la protesta es legítimo, es un pilar de la democracia y una herramienta histórica de transformación social, pero no puede imponerse sobre otros derechos fundamentales como la movilidad, el trabajo, el acceso a la salud o la vida misma. Cuando una ambulancia se retrasa, cuando un paciente no llega a una cita, cuando un productor pierde su carga, estamos frente a un desequilibrio que no podemos seguir normalizando.

El caso de la ANUC frente al Estado refleja una tensión real, una deuda en el diálogo, una falta de respuestas oportunas que termina estallando en el peor lugar posible, las vías. Pero también deja una pregunta incómoda, si el único camino para ser escuchado es bloquear, entonces algo estructural no está funcionando.

No se trata de deslegitimar la protesta, se trata de cuestionar sus formas cuando estas terminan afectando a toda una sociedad. No podemos seguir aceptando que el costo de la presión recaiga siempre sobre los mismos, los que necesitan moverse, los que producen, los que trabajan.

Aquí hay una responsabilidad compartida, del Estado, por no anticiparse, por no garantizar canales efectivos de diálogo, por permitir que los conflictos escalen hasta la vía de hecho, y de la sociedad, por haber normalizado una dinámica donde el bloqueo se vuelve rutina.

El Huila necesita soluciones de fondo, una infraestructura vial resiliente, sí, pero también un sistema institucional que escuche antes de que la carretera se cierre. Necesitamos que el diálogo sea el primer recurso y no el último.

Porque el café no espera, el turismo no espera, la vida no espera.

Y un departamento que se detiene constantemente, termina quedándose atrás.


© Diario del Huila