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De los disquetes a la Tera en mi bolsillo

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12.03.2026

Recuerdo que hace unos años guardar un documento de Word en un disquete era toda una hazaña. Se sentía tan poderoso meter ese megabyte en un disco que cabía en mi bolsillo. En los dosmiles llevar la información de un lado a otro en la palma de la mano era como magia.

Me encanta ver tecnología en Amazon, es mi pequeña adicción, y el otro día veía una USB del tamaño de una moneda que es capaz de almacenar un terabyte, o sea, mil gigas, o casi 700,000 disquetes. Eso es un terabyte.

Y lo más curioso es que ni siquiera me sorprende ya. De hecho, esa reflexión fue la que me hizo escribir esta columna.

¿En qué momento pasó esto y por qué? El porqué, es que los archivos se hicieron más grandes a medida que la tecnología avanzó. Una foto de un celular hoy puede pesar 10, 15 o hasta 30 megas, y un video de diez minutos en 4K puede pesar varias gigas. Las aplicaciones hoy pesan media giga, o giga y media. Los videojuegos modernos como FIFA, o Grand Theft Auto, pueden superar las 100 gigas. Todo creció, y la industria respondió con más espacio, con más velocidad, con chips más pequeños y más poderosos.

En la misma medida lo hicieron los fabricantes. Esta semana viajé a Estados Unidos y me coincidió el viaje con el lanzamiento anual de Apple. Hace poco Apple lanzó el iPhone 16 con 128 GB en su modelo más barato, algo impensable hace una década, cuando 16 GB eran más que suficientes. Estamos hablando del 2016, que se siente a veces como si hubiese sido ayer. Y ya es oficial que el siguiente modelo vendrá de entrada con 256GB. No sólo es Apple, Samsung y todos los demás están haciendo lo mismo. El almacenamiento que antes era lujo de gama alta hoy es el mínimo aceptable. Esta carrera no para, de hecho cada día es más rápida.

Precisamente lo que me genera una mezcla de asombro y vértigo es la velocidad en la que ocurre todo esto. No hablamos de siglos ni décadas largas. En menos de treinta años pasamos del disquete a la nube, y del CD de 700 megas al streaming de contenido ilimitado como Netflix. Mi generación vivió esa transición en carne propia, pero ha sido tan rápida que casi que ni nos dimos cuenta de ella.

Recuerdo que de niño descargar una canción podía durar media hora. Hoy tengo acceso a millones de canciones sin descargar nada. El contraste es absurdo.

Pero lo que me quita el sueño, en el buen sentido, es pensar en el futuro. Si en treinta años dimos este salto tan brutal, ¿qué nos espera en los próximos treinta? ¿Chips implantados en nosotros? ¿Memoria cuántica en el reloj? ¿Archivos que pesan petabytes corriendo en algo invisible? En realidad nadie sabe la respuesta, ni siquiera ChatGPT. Pero si algo me ha enseñado este viaje del disquete a la tera de bolsillo, es que el futuro siempre llega más rápido de lo que uno cree, y en maneras en las que uno nunca imaginó.

Con el aroma de un café Entorno los saludo,

Santiago Ospina López


© Diario del Huila