El debate que Colombia necesita recordar
El candidato Iván Cepeda ha convocado a debatir a Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella, ojalá fuese con la misma sensatez del primer debate televisivo para Colombia en 1986, muy diferente a lo que estamos acostumbrados en la actualidad en el Congreso o redes sociales, donde prima más el insulto que las propuestas; la demagogia que las estadísticas; y los mensajes vacíos que llenan a quienes viven la política como una afrenta de venganzas interminables.
Por aquella época el debate fue sin precedentes entre Luis Carlos Galán y Álvaro Gómez Hurtado. El ausente fue Virgilio Barco Vargas como candidato oficial del Partido Liberal, siguiendo la estrategia electoral de evitar la confrontación directa ante las cámaras, algo similar hecho por Iván Duque en segunda vuelta, y que afortunadamente, cerró Cepeda con su invitación. Algo diferente, ya que quien lidera las encuestas suele no participar para evitar colocar al mismo nivel a sus competidores.
Por aquel tiempo los temas fueron la crisis de las instituciones, la necesidad de reformas políticas y el creciente problema del narcotráfico y la violencia guerrillera que azotaba al país en ese momento. Parece una radiografía del 2026, con un sistema de salud en crisis, la expansión de cultivos ilícitos, y el conflicto armado de las disidencias; pero la gran diferencia eran las respuestas, con una altura carismática de Galán frente al estadista de Álvaro Gómez que desde su visión conservadora planteaba salidas institucionales, no personales. Eso sí, siempre latente el bipartidismo liberal – conservador, que para nuestro tiempo es Petrismo – Uribismo.
Una de las preguntas de Juan Gosain fue ¿qué haría usted desde la presidencia de la República para que cada año la carestía de la vida no anule enseguida y de un solo golpe, el aumento del salario mínimo que se acaba de decretar? Un cuestionamiento que se ajusta perfectamente al momento actual, con un incremento del salario mínimo decretado en el 23%, que tiene una relación directa con el déficit fiscal que, según S&P Global Ratings, proyecta un 5,6% del PIB para el cierre del año; ya que este aumenta según algunos expertos en aproximadamente 7 billones de pesos las finanzas estatales, un tema de vital importancia que está por encima de los insultos al “heredero de la guerrilla” y “los defensores de la mafia”.
El debate de 1986 nos recuerda que los liderazgos políticos son valiosos cuando sus argumentos responden a las demandas sociales y económicas, no a las barras bravas. En definitiva, la invitación del próximo debate no es solo un reto electoral, es una prueba de fuego para saber si nuestra clase política es capaz de elevar el discurso o si estamos sumidos en el guion de la polarización infinita.
