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Sigue el inventario de emociones

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06.04.2026

06 de abril 2026 - 03:09

Termino mi inventario de emociones que inicié ayer. Cuando lo hice todavía no había vivido –con los años la Semana Santa no se ve, se vive– la entrada de la Soledad de San Lorenzo, luna llena el reloj de la torre, silencio absoluto, dolor antiguo de la Virgen, broche de oro cerrando la Semana Santa el fuego de su paso. No cabe más Sevilla. ¡Qué plaza esta, donde todo empieza la noche del Viernes de Dolores y todo acaba la del Sábado Santo!

Comprendo por qué mi padre y maestro, que tanto sabía de Semana Santa y tan poco se prodigó sobre ella, escribiera: “Entre los muros blancos de cal del barrio de San Lorenzo, esta soledad luminosa de la Virgen ha rozado siempre la alegría de la Resurrección, que está apuntando ya por las torres y azoteas de Sevilla… Gozo que parece preanunciado en las talladas azucenas del paso, en la cascada de doradas luminarias que se derraman por su delantera. La Soledad de María tal como la entiende, la siente y la vive Sevilla”. Se comprende que Juan Sierra le escribiera: “De mármol blanco y espeso / es la vida, cuando dura, / luego que una sepultura / cayó con todo su peso. / Pero existe aún más que eso: / tu soledad rasa, fiera, / en el mundo, que no altera / su pálida algarabía”. Se comprende que esta fuera la devoción de Gabriela y de Joaquín.

Se me quedó también atrás en el inventario la emoción de los abuelos, que ya es la mía, cuando mi nieto dijo que no quiere salir de nazareno hasta que tenga la edad de vestir ruan con su padre acompañando al Gran Poder, cuando vestí a mi nieta de nazarenita Macarena y cuando, camino de calle Feria, nos cruzamos con su abuela, nazarena del Señor, que volvía de San Lorenzo. Y la emoción de Manolo con sus nietas en la Hiniesta y el Valle, la de Alfonso con sus nietas en el Museo y la mayorcita que ya hace entera la estación de penitencia y gloria de la Macarena, la de Rafael con sus nietas gemelas, minúsculas monaguillas del Cachorro. Y la de tantos otros abuelos y padres que, como Antonio, vio, junto a Cristo vivo, a su nieto Fernando en el Calvario; que, como David, se reencontraron de madrugada con su padre bajo una túnica de ruan y ante una cara en Relator; que, como Juano, vieron llorar a su hija al ver pasar por vez primera al Gran Poder. De eso va esto y no de otras cosas.

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