Fiero rugido de ternura
28 de marzo 2026 - 03:08
Se descorrió la roja cortina, anoche, y apareció. Cautivo, entregado, encorvada su espalda, no por la cruz, sino por el peso invisible del pecado, del mal, de las ofensas a sus hijos, del sufrimiento de los inocentes. Pero ni aún maniatado era el mudo cordero llevado al matadero. El Gran Poder es el León de Judá. Herido, pero invencible. Más poderoso en su absoluta entrega e indefensión que los poderosos que lo condenan. Un fiero rugido de ternura. El Gran Poder es el león del Génesis que prefigura al Mesías en la bendición de Abraham: “Judá es un león agazapado... ¿quién se atreve a desafiarlo? No se apartará de Judá el cetro, ni el bastón de mando de entre sus rodillas, hasta que venga aquel a quien está reservado, y le rindan homenaje los pueblos”. Y es el león del Apocalipsis del que uno de los ancianos le dijo a Juan, para consolarlo cuando lloraba porque nadie, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el libro de los siete sellos ni mirarlo: “Deja de llorar; pues ha vencido el león de la tribu de Judá, el retoño de David, y es capaz de abrir el libro y sus siete sellos”.
Fiero cordero, manso león, le han quitado la cruz para que reciba las nuestras en cada beso, en cada mirada. No para que nos las quite, sino para que nos las devuelva bendecidas. Porque esto no va de superstición milagrera. No somos como quienes le decían “si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz” y “que baje de la cruz y le creeremos”, ni como el ladrón que le exigía “¿no eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. No queremos ser como quien le dijo lo peor, palabra del demonio intentando cobrarse las almas rotas por el miedo, el dolor o la soledad, “confió en Dios, que lo libre si es que lo ama”.
Todos hemos oído estas palabras, repetidas por el demonio en las habitaciones en las que se sufre o se agoniza, en las salas de estar en las que alguien se ahoga de angustia y de pena viendo una butaca vacía, en las madrugadas que parecen no tener amanecer. Vamos a San Lorenzo para ver al Hijo de Dios que no bajó de la cruz, que no se salvó a sí mismo de la muerte ni nos salva a nosotros y a los nuestros. Palabra de Dios esculpida que nos ayuda a vencer la peor tentación del demonio –“confió en Dios, que lo libre si es que lo ama”– es el Señor del Gran Poder.
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