Siempre igual, siempre distinta
30 de marzo 2026 - 03:08
Cuando lean estas líneas ya habremos disfrutado del Domingo de Ramos. Y de la Borriquita, la Amargura, la Hiniesta y el Cristo del Amor, itinerario emocional particular que recorro desde la infancia hasta hoy. Renovando la capacidad de asombro del niño y dejando a un lado el escepticismo de la edad. Aunque ese escepticismo sea parte de la duda metódica que siempre acompaña y hace que no nos hayamos entregado a nada, o a casi nada, incondicionalmente. Pero una mañana luminosa con la procesión de Palmas de las monjas jerónimas del monasterio de Santa Paula, permite unir asombro y escepticismo y recordar el tacto de una mano infantil en la de un ser querido, ya seas el niño o el adulto.
Días pasados oí una intervención del poeta y jurista Jesús García Calderón en la que desarrolló con acierto y oportunidad el concepto de génesis permanente en la estética, como reflexión sobre las procesiones de semana santa, de imágenes y nazarenos. En esencia se refiere a la idea de que la obra de arte y la experiencia estética no son acontecimientos fijos o terminados, sino procesos que se reactivan y transforman constantemente en cada encuentro. Cada vez que una persona contempla una obra, colabora en su creación. La obra no está completa hasta que es percibida y como cada percepción es distinta, la obra nace de nuevo en cada mirada. Es esa sensación que nos permite disfrutar cada vez, como si fuera la primera, de Las Meninas de Velázquez o del David de Miguel Ángel, o más próximos a nosotros cada vez que se aparece la Giralda desde Mateos Gago o sales a la Plaza de España por una de las puertas de Aragón o Navarra, o vemos ambas orillas del Guadalquivir desde el puente, aquí Sevilla, aquí Triana.
Siempre había entendido las procesiones de Sevilla como protagonistas de un proceso continuo de cambio, tan lento que nos hacía pensar que nada cambiaba, pero tan constante, que siempre era algo nuevo. Desde el concepto de la génesis permanente, debemos entender que todo está siempre haciéndose. La poesía, la identidad y la realidad como procesos siempre inacabados.
Todo esto me hace recordar las magistrales clases de estética de Rafael González Sandino, un extraordinario profesor que, ante nuestra mirada indiferente de veinteañeros, repetía: la percepción es corporal, directa y siempre inacabada. El mundo se hace en el encuentro entre tú y lo que ves. Confieso que he necesitado cincuenta años para entenderlo. Y que, en estos días sevillanos, soy consciente de que disfrutamos experiencias estéticas que no contemplamos simplemente, sino que generamos continuamente: la belleza ocurriendo ahora, no repetida, sino recreada. Como lo que supone salir a la calle en nuestra ciudad bajo naranjos en flor a sentir la semana santa y la primavera, todo a una. Y nos queda la alegría de que la semana está empezando.
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