Semana Santa: ¿las costuras rotas?
31 de marzo 2026 - 03:10
Si alguna vez el sentido de la medida fue una de las notas definitorias de Sevilla, hace tiempo que eso pasó a la historia. Quizás sea el inevitable signo de los tiempos o quizás sea una consecuencia del éxito de Sevilla como marca que traspasa fronteras. La ciudad está de moda y ese éxito, paradojas de la vida, ha ido deformando la propia esencia de Sevilla hasta dejarla muchas veces irreconocible.
Este es un fenómeno que se manifiesta con intensidad a lo largo de todo el año, pero que con la llegada de la Semana Santa adquiere características muy particulares porque el contraste entre la ciudad imaginada y la ciudad vivida es capaz de romper cualquier esquema. No es algo que haya empezado este año o el pasado, ni siquiera en la última década. Es algo que ocurre, por lo menos, desde principios de siglo y que corre paralelo a la conversión de la Semana Santa en la gran fiesta que traspasa a la ciudad, en la que los barrios se vuelcan en el centro y que atrae a decenas de miles de personas que no son de Sevilla ni tienen por qué conocer sus códigos y sus reglas.
Se ha comentado mucho en estos días la botellona enorme que deslució el paso de la Misión por una de las zonas más bonitas de Heliópolis. No es la primera vez ni será la última. Como decía el domingo este periódico, el alcohol se ha convertido en un elemento más de la celebración, sin que los intentos municipales de regular el funcionamiento de los bares hayan servido para otra cosa que para florecer un mercado paralelo a base de tiendas de desavío y carritos ambulantes.
Junto a ello pongan los muros infranqueables de sillitas de los chinos ocupadas por comedores pipas, las bullas que han olvidado cómo se mueven las bullas o la suciedad que por muchos efectivos que Lipasam saque a la calle es imposible controlar. Y, por otro lado, la desmesura de cofradías con miles de nazarenos que hacen eterno el paso del cortejo, muchos de ellos ajenos durante el resto del año a la vida de la hermandad o personas que vienen de fuera y que se apuntan para tener la vivencia de desfilar en la Semana Santa de Sevilla para sumarla a la de volar en parapente o subirse al London Eye.
A pesar de los pesares, la Semana Santa sigue siendo el centro de la vida de Sevilla y la principal manifestación de su ser. Y no va a dejar de serlo, aunque muchas veces dé la impresión de que se nos está yendo de las manos. La estamos perdiendo por dos cuestiones: una, propia, de educación y otra, que nos viene de fuera, de exceso de presión turística. Entre las dos han conseguido tensar sus costuras hasta estar a punto de romperlas. De las dos, la más alarmante por lo que tiene de proyección hacia el futuro es la pérdida de esa educación que no se aprende en los colegios pero que es fundamental para moverse en sociedad. La Semana Santa era un ejemplo de esas reglas de comportamiento que se transmitían por el ejemplo de generación en generación, una cadena que en algún momento se ha quebrado.
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