¿Por qué preferimos rodearnos de espejos y no de faros?
En la arena pública y en los despachos de nuestras instituciones, parece haber calado una patología silenciosa pero devastadora: el pánico al brillo ajeno. Vivimos en la era del “empoderamiento” de pancarta, pero la realidad nos devuelve a menudo una estampa de líderes -en la política, en la empresa y en lo social- que prefieren rodearse de la mediocridad dócil antes que del talento inquieto. Es una paradoja trágica. Nos movemos en una sociedad que nos empuja a colaborar, pero que en la intimidad del poder castiga al que destaca. La incapacidad de reconocer el valor en el otro no es falta de humildad; es, ante todo, una decisión estratégica errónea.
Entender nuestras organizaciones -desde un ayuntamiento........
