El mundo ya no es predecible (y nunca lo fue)
Poco a poco, casi sin enterarnos, estamos llegando al final del año. Es un momento en el que intentamos ordenar lo vivido y proyectar lo que vendrá. Pero cada vez resulta más difícil hacerlo con la sensación de que controlamos algo. El mundo se mueve a un ritmo desconcertante y, aunque muchas de esas dinámicas parecen lejanas, terminan condicionando nuestra realidad cotidiana. Vemos guerras que reconfiguran alianzas, tensión y polarización políticas en aumento, transformaciones tecnológicas aceleradas y una economía que ya no responde a los patrones conocidos. Incertidumbre es la palabra que mejor define el momento actual. No es una percepción subjetiva exagerada. Las guerras en Ucrania y en Gaza han devuelto la geopolítica al centro del escenario. Estados Unidos y China compiten por la primacía tecnológica y militar. Europa busca cómo sostener su sistema de bienestar en un entorno de bajo crecimiento y alta dependencia exterior. La inflación reapareció cuando menos se esperaba, y los tipos de interés siguen altos. El mercado laboral cambia, de la mano de la tecnología, a un ritmo que desorienta a empresas y trabajadores. A todo ello se suman la transición energética, las tensiones migratorias y los efectos visibles del cambio climático.
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Ya ven, estamos ante un paisaje en el que lo excepcional se ha vuelto cotidiano. Esa inestabilidad política y económica se filtra también en lo personal. Decisiones que antes parecían relativamente claras, como cambiar de trabajo, invertir, emprender o mudarse hoy generan más cautela. Parece que ya no pisamos suelo firme. Pero quizá convenga admitir que esa estabilidad absoluta que ahora echamos de menos nunca fue tan sólida como creíamos. Durante buena parte del siglo XX, confiamos en que la incertidumbre podía reducirse, de la mano de una globalización que traía crecimiento. Las instituciones, la política económica y el progreso técnico alimentaron la idea de estabilidad. Parecía que el futuro se podía anticipar con cierta seguridad. La globalización prometía eficiencia, mientras los gobiernos actuaban como estabilizadores, de modo que los modelos económicos proyectaban tendencias estables. Ese entorno ofrecía una ilusión de control que ya empezó a resquebrajarse con la gran crisis financiera de 2008.
Hemos aprendido que la interdependencia global ha hecho al sistema más expuesto a shocks repentinos. Una sequía dispara los precios en otros continentes, del mismo modo en que un conflicto regional altera el coste de la energía o una innovación tecnológica transforma sectores enteros. La pandemia terminó de mostrar que nuestras sociedades, por muy avanzadas que fueran, eran más vulnerables de lo que admitíamos. Así, hoy la incertidumbre ha dejado de ser una anomalía del “sistema” para convertirse en un elemento estructural. No todos experimentan esa incertidumbre del mismo modo. Para muchas personas, la incertidumbre no es un desafío estimulante, sino una preocupación diaria. Quien vive con ingresos precarios, teme perder su empleo, lucha por pagar un alquiler o asume el cuidado de otros sin apoyo no afronta el cambio como una aventura, sino como un riesgo constante. Pedir serenidad a quien apenas llega a fin de mes resulta injusto. Por eso conviene evitar la idea de que todo depende de la actitud individual. Aprender a vivir con la incertidumbre es importante, pero no sustituye la necesidad de políticas públicas que amortigüen riesgos, reduzcan desigualdades y protejan a quienes disponen de menos margen de maniobra.
La adaptabilidad personal importa, pero también precisamos de mecanismos de protección para quien cuenta con menos medios. Ahora bien, dicho esto, la pregunta principal sigue en pie ¿Qué hacemos ante un entorno más volátil y menos previsible? Aceptar que la incertidumbre forma parte del mundo no implica resignarse ni celebrarla, sino entender su naturaleza. El futuro nunca ha obedecido a nuestros planes. Diría que lo que ha cambiado es el grado de sorpresa con el que tomamos conciencia de ello. Aceptar la incertidumbre significa no centrarse tanto en “prever” como en “prepararse”. No podemos controlar el rumbo del mundo, pero sí desarrollar capacidades para navegarlo. Me refiero a flexibilidad, aprendizaje continuo, apertura mental y disposición para revisar convicciones cuando dejan de servir. En lo profesional, esto implica actualizar habilidades y asumir que las trayectorias laborales lineales ya son la excepción. En lo personal, supone tolerar la ambigüedad y asumir que muchas decisiones importantes se toman sin garantías plenas. Me atrevería a sugerir que parte del descontento y la ansiedad que parecen crecer surge de confundir planificación con control. Elaboramos propósitos, calendarios y estrategias como si fuesen promesas blindadas. Pero los planes no son órdenes al futuro. En realidad, son instrumentos de orientación. Su valor no depende de que se cumplan al pie de la letra, sino de que nos ayuden a avanzar cuando el camino nos sorprende. Esta misma lógica vale para países y empresas.
Las instituciones que funcionen mejor serán las más capaces de absorber shocks sin paralizarse. Las economías deberán combinar sana ambición con realismo, innovación con redes de protección. Las empresas que prosperen serán las que aprendan y ajusten rápido, no necesariamente las más grandes y mucho menos las que intenten mantener intacto su modo de hacer las cosas. Quizá convenga, entonces, mirar la incertidumbre con una mezcla distinta de prudencia y serenidad. No va a desaparecer en 2026, ni después, pero sí podemos transformar nuestra relación con ella. La incertidumbre no solo incomoda. También abre espacios de libertad, porque un futuro no escrito es un futuro todavía por hacer. En ese margen podemos desplegar la creatividad, la innovación y la posibilidad de elegir caminos que no vienen dictados por la inercia. El futuro nunca ha respondido obedientemente a nuestros planes. Pero eso no significa que estemos condenados a la pasividad. Podemos encararlo con la confianza que nace de saber que, aun cuando el rumbo falle, somos capaces de corregirlo. Al fin y al cabo, vivir en un mundo incierto no consiste en anticiparlo todo, sino en aprender a avanzar incluso cuando el mapa cambia sobre la marcha. Vivir en la incertidumbre no es un problema a resolver, sino una habilidad que debemos cultivar.
María Jesús Valdemoros Lecturer en IESE Business School
