"Carrère escribe con una fluidez que hipnotiza al lector"
Tiene un rostro paradójico, como de duende, como de perturbado. Quizá sea ambas cosas, si nos atenemos a sus libros, en los que suele escribir de sí mismo, de sus batallas personales, de lo que le perturba y nos perturba. Las etiquetas de “autoficción” no deberían tener cabida en un país en el que se escribió “El lazarillo de Tormes”, una novela autobiográfica, anónima y epistolar. Fin de la historia. A Carrère le atraen los personajes liminares, cuyo atractivo arrastra tinieblas. En su primera novela exitosa, “El bigote”, ya apuntaba maneras de maestro. En su brillante biografía “Yo estoy vivo, vosotros estáis muertos”, sobre Philip K. Dick, el escritor de ciencia ficción más drogota y lúcido que uno haya leído, parecía seguir esa línea de fascinación por los raros. No menos rara, pero mucho más aterradora fue su crónica “El adversario”, con la que se adelantó a las series de crímenes y pasó por la derecha a muchos autores de novela negra.
Si no quieres taza, taza y media, vino a decir con “Limónov”, esa novela-crónica adictiva que dedicó a un poeta ruso, narcisista, violento tierno, y seguidor de un cóctel explosivo hecho con lo peor de las ideologías del siglo XX. Durante un tiempo, Carrère se convirtió al catolicismo, y fruto de ese viaje fue su obra “El Reino”. En “De vidas ajenas” nos mostró un catálogo de historias reales donde el protagonista es la condición humana. Compiló su obra periodística en un volumen memorable, y con “V13” reunió las crónicas del juicio contra los autores de los atentados de Bataclán. (¿Por qué en España no hubo un Carrère en los juicios del 11-M?). Nieto e hijo de rusos blancos, en su última novela, titulada “Koljós”, monta una gran muñeca rusa en que ficción y realidad quedan mezcladas a partir de las historias de sus antepasados y, muy especialmente, de sus progenitores. Es un libro duro con su madre, una intelectual respetada, y un homenaje al padre, un genealogista invisible. Carrère escribe con una fluidez que hipnotiza al lector. No parece sudar con la sintaxis, muy al contrario: sus obras parecen escritas a vuela pluma. Alta literatura al alcance de cualquiera.
