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17.04.2026

Opinión | Escrito sin red

Santiago Segura como Torrente / Atresmedia Cine

Cuando en los años noventa del siglo pasado contemplábamos a la Italia devastada por la corrupción de partidos políticos y sector privado, la llamada Tangentopoli, y los acontecimientos que la acompañaron: Mani pulite, el juez Di Pietro, las elecciones de 1993 donde se derrumbaron la Democracia Cristiana y el PSI de Bettino Craxi, la adopción del sistema electoral mayoritario, la irrupción de la Liga Norte, la aparición de Berlusconi, algunos conjeturamos que más pronto o más tarde el sistema político español acabaría de forma parecida. No sabíamos cuándo sucedería, pero de que lo haría no teníamos ninguna duda, era un sistema corrupto. Es cierto que Italia es un país donde la sofisticación, el refinamiento y la gracia, lo que Andreotti llamaba «la finezza» permean el lenguaje público y hasta producen excéntricos muy populares como Beppe Grillo en 2009, mientras que en España adopta, de acuerdo con la tradición tremendista española, un tono sobrio, severo y, por qué no decirlo, guerra civilista, cruel; lo que dramatiza en mucho mayor grado el enfrentamiento político. Ambos países habían sido azotados por el terrorismo: las Brigadas Rojas y ETA, aunque esta lacra persistió en España durante más tiempo y con mayores y deletéreas consecuencias en el sistema. La cuestión política diferencial entre uno y otro país es la consideración del sistema electoral como fruto de una ley en el caso de Italia y como ley preconstitucional entroncada en la Constitución en el caso de España. Se pudo cambiar en Italia y es casi imposible hacerlo en España. Por lo que se pudo renovar el sistema italiano, cambiando, con mayor o menor suerte, a la clase política, mientras que en España no podemos deshacernos de ella.

El acceso de Sánchez a la secretaría general del PSOE y su entronización como presidente del Gobierno por una moción de censura en 2018 fue precedido por dos acontecimientos dramáticos en la vida española:........

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