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Sánchez podemizado

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18.03.2026

Resultados en mano, parece que el presidente del Gobierno está instalado en una doble maniobra de salvación: ganar tiempo y radicalizar las posiciones

Pedro Sánchez y José Luis Rodríguez Zapatero / Claudia Alba / Europa Press

Tres conclusiones apresuradas de las elecciones de domingo en Castilla y León: una, que el «No a la guerra» ya no es el talismán que en otro tiempo hizo presidente a Zapatero; dos, que de tanto jugar al tactismo en las negociaciones con el PP, Vox ha probado su techo; y tres, que Sánchez solo sube en votos si jibariza todo el espectro de las izquierdas.

Es decir, a Feijóo, el «No a la guerra» no lo despeina, a Vox empieza a fallarle el «No a todo» y a Sánchez le funciona ligeramente la estrategia de podemizarse. Obviamente, estas elecciones no son un mapa preciso de las tendencias electorales, sobre todo, porque sus protagonistas, Alfonso Fernández Mañueco para el PP y Carlos Martínez para el PSOE, tienen méritos propios para sus respectivos resultados. El popular, un político de largo alcance que ha sabido mantenerse en la presidencia desde 2019 sin ser estridente, más próximo al perfil centrista de Moreno Bonilla que al hiperventilado de Ayuso. Y el socialista, de perfil parecido, crítico y a la vez leal a Sánchez, en un equilibrio constante que lo ha salvado de las hogueras del PSOE. Es cierto que dos más una son tres, y ya son tres las derrotas consecutivas del PSOE, de forma que el menguado respiro que Carlos Martínez ha conseguido para su partido parece más un aliento que una bomba de oxígeno.

Ni enfundarse con la kufiya palestina, ni pelearse con Elon Musk, ni convertir a Trump en el enemigo impostado, ni envolverse con el «No en la guerra»: nada parece que sea capaz de desmentir la teoría de la gravedad, según la cual el PSOE inefablemente caerá del manzano. Si en alguna de las variables estratégicas que se han perfilado en la calle Ferraz había la intención de avanzar elecciones vía triplete -generales, andaluzas y catalanas-, a estas alturas, no parecería la opción más recomendable. Si bien, en la desesperación, nada es descartable.

De momento, resultados en mano, parece que Sánchez está instalado en una doble maniobra de salvación: ganar tiempo y radicalizar las posiciones. Y ganar tiempo significa agotar el catálogo de su Netflix ideológico, con distracciones permanentes que hagan olvidar que es el presidente de un Gobierno que no gobierna, si se atiende a su minoría parlamentaria, a la incapacidad de conseguir aprobar Presupuestos y a las sonoras derrotas parlamentarias en sus proyectos estrella. La amenaza que verbalizó Puigdemont en el momento de la ruptura del pacto con Sánchez -«puedes ocupar el gobierno, pero no podrás gobernar»- se cumple con precisión fabriana. El tiempo es permanencia en la Moncloa, y permanecer en la Moncloa implica retener el poder hasta donde sea posible, instalado en la feliz idea de que resistir es vencer. Y como es evidente que, por mucho que su gobierno esté en standby, nadie se ve capaz de echarlo, parece que tiene garantizado el tiempo hasta el agotamiento. En este sentido, la situación es realmente surrealista: un presidente que no tiene mayoría ni puede gobernar y una oposición que tampoco puede conseguirla: la jugada del rey ahogado...

Más allá del talismán del tiempo, la otra jugada de Sánchez tiene que ver con el movimiento de sus posiciones ideológicas, especialmente radicalizadas en temas sensibles. Sánchez se ha ido podemizando lentamente, no solo en temas geopolíticos, donde es más fácil vender populismo de izquierdas, sino en cuestiones fundamentales como la economía, la vivienda, los okupas, etcétera. Cada vez ocupa más espacios del ámbito de la extrema izquierda y los márgenes entre el PSOE y el universo Sumar-Podemos se van desdibujando. Para decirlo de una manera simple, Sánchez está haciendo el proceso contrario del que hizo Felipe González en sus presidencias: se aleja de los espacios centrales, asume conceptos de la izquierda alternativa y levanta banderas más propias de los antisistema que de un partido central. Es posible que esta maniobra ideológica le dé algunas alegrías -como, por ejemplo, en Castilla y León-, pero a expensas de dejar a la izquierda a su izquierda vacía de contenido. Ergo, vacía de resultados, como se ha visto en Extremadura, en Aragón y este mismo domingo. De forma que la maniobra acaba siendo un círculo vicioso: puede hacer crecer al sanchismo, pero a expensas de dejar en los huesos a sus aliados, y este es un camino que puede llevar a muchos lugares, pero ninguno de ellos lo lleva a la Moncloa.

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