El grave impacto de la guerra del que poco se habla: el ambiental
Profesora de Investigación del CSIC
El grave impacto de la guerra del que poco se habla: el ambiental
Ilustración: El grave impacto de la guerra del que poco se habla: el ambiental / .
Los medios informan cada día sobre el precio del petróleo, la inflación y el coste económico de la guerra en Oriente Medio, pero casi nada sobre su coste ambiental. Mientras la destrucción humana ocupa los titulares, el impacto ecológico permanece en silencio, como si no existiera. Apenas se menciona el rastro tóxico que dejan miles de misiles y bombas: gases y partículas que saturan la atmósfera, contaminantes que penetran en suelos, ríos y lagos, y sustancias peligrosas que terminan en el mar, ese vertedero invisible del que nadie habla. En realidad, la guerra deja una herida ecológica profunda y duradera, cuyos efectos persistirán durante siglos y afectarán de forma directa a nuestro bienestar y a nuestra salud, aunque rara vez lo veamos reflejado en el debate público.
La infraestructura militar tiene un impacto ambiental descomunal: la fabricación y el despliegue de armamento generan enormes cantidades de emisiones, residuos y un consumo desmedido de recursos naturales. A ello se suma la ocupación permanente de vastas superficies de territorio para pruebas y maniobras, que someten el suelo a un uso continuo y profundamente transformador. Estas operaciones destruyen hábitats terrestres y marinos, liberan contaminación química y acústica y convierten los océanos en vertederos de munición tóxica. Tampoco puede ignorarse el uso desmesurado de combustibles fósiles: solo con sus desplazamientos, el Pentágono se convierte en el mayor consumidor institucional de petróleo del planeta. Y aún más revelador: las cinco mayores empresas químicas de EE UU combinadas generan apenas una quinta parte de las toxinas que produce la propia maquinaria militar estadounidense.
Los bombardeos sobre zonas civiles multiplican los escombros, obligan a reconstruir infraestructuras enteras y empujan a muchas familias a quemar madera y carbón, acelerando la deforestación y las emisiones. Los contaminantes se infiltran en suelos y aguas, agravando pérdidas humanas, de cultivos y hambrunas prolongadas, mientras los desplazamientos masivos saturan ecosistemas ya debilitados. Y pese a todo, el impacto ambiental sigue relegado, alimentando un ciclo de degradación que condiciona el futuro de las comunidades afectadas.
El conflicto en Irán está acelerando la degradación ambiental hasta niveles sin precedentes. En solo dos semanas, los ataques estadounidenses liberaron 5 millones de toneladas de CO, más que las emisiones anuales de 84 países, mientras la destrucción de infraestructuras energéticas y militares libera tóxicos que causan enfermedades graves y generan lluvia ácida. La contaminación ya golpea el Golfo Pérsico, donde peligran los últimos dugongos y se destruyen criaderos marinos esenciales, dejando sin sustento a comunidades pesqueras. En tierra, la biodiversidad se desmorona: casi el 78% de las plantas endémicas iraníes está amenazado y biomas únicos —Zagros, Alborz, bosques hircánicos, matorrales áridos, desiertos— se vacían de especies irreemplazables. El guepardo asiático, el leopardo persa, aves y reptiles endémicos pierden hábitats vitales bajo incendios, deforestación, vertidos y expansión militar. La guerra está empujando a una parte única del patrimonio biológico global hacia la extinción.
El conflicto bélico en Ucrania refuerza este patrón global de destrucción ecológica. En el mar Negro, el uso intensivo de sonar militar ha provocado la muerte de más de 50.000 cetáceos, incapaces de orientarse y alimentarse. En tierra, especies como las águilas moteadas mayores han desviado cientos de kilómetros sus rutas migratorias para evitar las zonas de combate, con un alto coste energético y de supervivencia. En conjunto, estos conflictos muestran que la guerra no solo devasta sociedades: borra ecosistemas enteros y acelera la desaparición de una biodiversidad única e irreemplazable.
Todas las guerras son catástrofes ambientales. Sin embargo, seguimos mirando casi exclusivamente el daño humano y material, como si la Naturaleza fuese un escenario externo, algo ajeno a nosotros y cuyo deterioro no tuviera consecuencias directas sobre nuestra supervivencia. Ese es nuestro mayor error. La especie Homo sapiens no vive «fuera» de la Naturaleza: somos Naturaleza. Somos una más entre millones de especies con las que hemos coevolucionado durante millones de años, y de las cuales dependemos absoluta y profundamente para respirar, alimentarnos, hidratarnos y mantener cualquier forma de vida humana digna.
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