En un mal momento
Josep Pla en sus últimos días. / Diari de Girona
A causa de los papeles desclasificados esta semana y después de mucho tiempo, se ha recuperado la figura del periodista y corresponsal Joan Pla. Estaría contento. Este escritor cubrió la Marcha Verde y la Revolución de los claveles, felanitxer hijo de maestros, dicen que republicanos. Hace diez años que falleció el que también fue conocido por sus angelots, inquietantes personajes que no pocas veces en sus tiras se orientaban más a un nutrido grupo de amigos como destinatarios que al público en general.
Amigo y cliente de la librería, muy pintoresco y metido en algunas polémicas de los últimos noventa. Desconcertante y contradictorio, muy conocido por los miembros de jurados de premios literarios. Este Pla no es familiar del autor de El quadern gris, obviamente. El de Palafrugell tuvo en 1975 a los futuros reyes en su mas de Llofriu. Eran tiempos en que el avispero hervía, todo ya bastante conocido en el marco de la incipiente monarquía parlamentaria. Las viñetas de Joan salían en catalán aunque editó en los dos idiomas. Todo lo suficientemente inquietante y de un humor imposible por hegeliano. Supongo que no pretendía pasar por familiar suyo, pero algo divertido iba a suceder.
Estos días, y a raíz de salir en los medios a causa de los papeles del 23F, el polifacético autor que había expuesto en Madrid, Rabat, Oviedo, Felanitx y Palma, más o menos ha regresado del olvido. La polémica en los fallos de premios literarios fue de lo último que lo situó en el centro de atención de varios controvertidos acontecimientos. Aquí algunos editores nos podrán ilustrar.
El tema va de que parece que Joan Pla llamó a casa de los Tejero para convencerlo de algo, se le define como amigo del teniente coronel golpista. Nos estamos refiriendo a unos años en los que la intelectualidad, la política (por llamarlo de alguna manera) y el poder económico, casi todas las veces, iban de la mano.
Felanitx es realmente una factoría de genios, pero reconozco que, algunas veces, uno no llega a entenderlos y sobre todo al señor Joan Pla en sus divertidas y muy desconcertantes visitas a la librería. En los últimos encuentros, el monotema giraba con la competitividad entre egos literarios y genialidades ninguneadas. Tema favorito en esos lustros. Nada extraño y ajeno a uno de los regímenes más corruptos, el franquismo nos ha legado ese fabuloso sustrato de corrupción interminable en todos los campos. Sustrato del que se quejaba Joan quizás formando parte de él, igual que Josep Pla. Eso sí, conociendo bien todos sus mecanismos que es cuando más jode si se giran contra ti.
De Felanitx al cielo. Contó una vez, y muchas más, que de camino a no sé dónde se paró en el Ampurdán y concretamente en «Camelot» (mas de Llofriu) quería visitar a Josep Pla en su casa. Pla vivía en el ojo del huracán sociopolítico y su mesa camilla era como una sesión de espiritismo donde los muertos eran muy vivos. Pla estuvo en bastantes momentos decisivos en esa cocina que sirvió el plato caliente del regreso del President Tarradellas. Eran los años que Josep Pla ya empezaba a sostener aquello de no destruir nunca nada… que los catalanes nos hemos pasado la vida volviendo a empezarlo todo una y otra vez… y bla, bla. ¿Cambio de régimen? Pues fuera todo lo que es viejo. «...fins i tot l’agutzil de Llofriu!» y a volver a empezar «...així perdem la memòria històrica i ho perdem tot». «La moneda es la moral. Sense ordre públic, no es pot mantenir la moneda» y cosas así. En ese mismo contexto Pla, pero el de Felanitx, había elegido un mal día. Se adentró con su coche por el camino del mas hasta parar cerca del portal para intentar lo más difícil todavía en la recta final de la vida de un gran autor.
Joan Pla contaba y sostenía que estuvo largo tiempo tocando e intentando ser recibido, pero sin éxito. Finalmente, le llegaron a responder de tal manera que entre divertido e indignado relataba cómo el genio había entrado en la paranoia de la posibilidad que no fuera un pariente tan lejano en busca de herencia o de dinero. Ese puntazo, por comodidad o por lo que fuese, hizo que Josep Pla se negase a recibirlo y a no abrir de ninguna de las maneras. El autor de más de 30.000 páginas en su haber no tenía un pelo de tonto, se cerró en banda y no lo sacaron de ahí.
«El socialisme vol implantar una societat de pobres. A mi m’agraden més les societats de rics». No podemos ignorar que era un gran seguidor de Paul Valéry y este dice que la política es el arte de obligar a la gente a decidir cosas de las que no tiene ni idea. Y, por contradictorio que les parezca, también sostiene que la política es el arte de impedir a la gente de poder ocuparse de aquello que realmente les interesa. En Camelot no todo era literatura, no tomó nunca valeriana, era mejor el whisky y los versos del poeta francés. Sus posaderos barraron la puerta en las narices del felanitxer que hoy sale en los desclasificados. ¿Qué diablos buscaba el sr. Joan Pla en Llofriu? Probablemente, Pla i Casadevall lo sabía.
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