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«Es mi vida»

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28.03.2026

Creado: 28.03.2026 | 06:00

Actualizado: 28.03.2026 | 06:00

El circo mediático, la exposición (no quiero entrar en la recreación) de la extrema vulnerabilidad y la terrible vida de Noelia Castillo, no debió desviar nunca el foco de una petición de muerte digna cuyos recovecos legales han alargado una vez más sin sentido el derecho reconocido, y cuestionado la filosofía de cese del sufrimiento con la que fue concebida la legislación sobre la eutanasia. El posicionamiento sobre la muerte asistida es libre, pero los derechos de quienes la reclaman están amparados por ley. Es un procedimiento complejo, que implica un sólido proceso de garantías a través de profesionales médicos y jurídicos. Si el derecho existe, reclamarlo es lícito. Y cumplirlo en tiempo y forma ha de ser parte irrenunciable de un supuesto concebido para casos de extremo sufrimiento. Alargarlo cuando se cuenta, como en el caso de Noelia, con todos los dictámenes por unanimidad de los expertos y el respaldo legal nacional y europeo prostituye la propia esencia de la ley.

Su caso ha estado también mediatizado por un infantilismo falsamente protector. No era una niña, pese a su imagen frágil y su lazo. Era una mujer. Con problemas mentales, que todos los expertos determinaron que no la incapacitaban para tomar sus propias decisiones. Ahí se abre uno de los muchos debates que tangencialmente ha planeado sobre este doloroso caso: las enfermedades mentales aumentan exponencialmente (o quizá se manifiestan hoy cuando antes se ocultaban), pero sus consecuencias se difuminan en un universo que solo puede ser considerado caso a caso. Son una condición más, no siempre inhabilitantes.

Como es necesario afrontar si es aceptable que otras personas o colectivos puedan inteferir, frenar o incluso abortar la aceptación médica y judicial de supuestos tan íntimos y personales. La capacidad de impugnar las decisiones sobre la eutanasia debe ser abordada de forma inmediata, porque lo que está ocurriendo es inadmisible.

Noelia era una mujer padecía un sufrimiento, físico y emocional, «grave, crónico e imposibilitante». El dolor que la envolvía era inmenso y no tenía remedio. Y su vida carecía de esperanza. «Sólo quiero dejar de sufrir, y punto», repitió una y otra vez. «Es mi vida, ya está». Tenía todo el respaldo legal. ¿Por qué hubo de prolongar tanto su agonía para llegar al mismo punto? Ese sí es el debate que no puede esperar.


© Diario de León