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La soga y el silencio

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21.03.2026

21 de marzo 2026 - 03:08

Aveces la geografía hace que decidamos quién merece nuestras lágrimas. “La distancia anestesia las conciencias”, dicen algunos con cinismo. Y es verdad. Si caminas por Nueva Orleans después de una fiesta, miras hacia arriba y ves collares de colores enredados en los árboles. Pero si alzas la vista al cielo en las plazas de Irán, lo que cuelga de las grúas de construcción son seres humanos. Cuerpos rotos de jóvenes, hijos, hermanos y deportistas balanceándose al viento. Esta semana, mientras llueven misiles de aquí para allá, han arrancado el alma a Saleh Mohammadi, de solo 19 años. Un campeón de lucha libre ahorcado sin piedad junto a otros inocentes. ¿Su delito? Salir a gritar por la libertad que los ayatolás les roban. Le destrozaron el cuerpo a base de torturas para arrancarle una confesión falsa y luego le partieron el cuello en la soga. Es una carnicería insoportable perpetrada por unos ayatolás con un menú del terror repugnante: a los hombres los cuelgan; a las mujeres las asesinan o las sepultan en vida por negarse a cantar un himno manchado de sangre, obligando a las deportistas exiliadas a volver bajo la amenaza directa a la boca del lobo. Mientras esa sangre inocente gotea, el mundo sigue a lo suyo. Si Donald Trump decide abatir a un líder extranjero, el derecho internacional estalla. Pero ¿quién grita por Saleh? La misma hipocresía que me hace poner los prismáticos sobre Cuba, donde vemos en silencio cómo la gente muere de inanición y se pudre en las cárceles por hablar. En medio del fuego cruzado de los misiles, Netanyahu ha lanzado un mensaje directo, pidiendo a los iraníes que salgan a las calles, que se levanten porque la caída de los ayatolás que los masacran podría estar cerca. Y aquí me sangra la rabia más absoluta: ¿cómo es posible que no exista una ley internacional implacable que detenga esto? Me resulta del todo incomprensible que permitamos que países enteros sean secuestrados por terroristas, por narcodictadores, por líderes perversos que oprimen, matan y exprimen a su pueblo mientras ellos se enriquecen obscenamente en sus palacios. ¿Qué maldito derecho internacional ampara esta barbarie? Ninguno que sirva de verdad. Deberíamos de dejar de elegir bandos y empezar a defender el derecho innegociable a la vida. Urge activar una ley internacional que prohíba para siempre a los líderes perversos que provocan estos desastres.

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