Vuelve el Cautivo cargando almas
30 de marzo 2026 - 03:08
El orden de la Semana Santa es este: primero, Dios; después, la imagen sagrada; tras ella, la hermandad que le da culto todo el año; finalmente, la cofradía que, organizada por la hermandad, da culto público a la imagen. Este heterogéneo conjunto de cosas al que llamamos Semana Santa va de Dios antes que de ninguna otra cosa, y de nuestra relación con Él. Por lo tanto, la pertenencia a las hermandades es cosa de los creyentes, sean más o menos practicantes y más o menos coherentes con su fe. No se trata de santos, ni de beatos, ni de fariseos que se tienen por perfectos, sino de seres comunes y corrientes que intentan vivir y fortalecer su fe. Decía la sabiduría antigua que nadie sabe lo que oculta un antifaz. Solo Dios puede entrar en las conciencias. Lo que el padre del niño endemoniado pidió al Señor podría ser, me pongo el primero, la oración que la mayoría de los cofrades dirigen a la imagen de su devoción: “Creo, ayuda mi poca fe”.
Otra cosa es la Semana Santa, cuando las sagradas imágenes que están 365 días en sus altares recibiendo a sus hermanos y devotos salen unas pocas horas a la calle para darse a todos. Aquí cabe todo el mundo, porque en gran medida para esto se echan a la calle como la exacta representación del pastor que deja su rebaño para buscar la oveja perdida “y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: ‘¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido’. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”.
Esta es la más cierta definición que conozco de la Semana Santa. No es necesario ser creyente para disfrutar de su estética, para sentir su emoción, para que convoque los recuerdos de aquellos a quienes quisimos viendo la imagen que fue su devoción. Como no es necesario ser creyente para emocionarse oyendo la Pasión según san Mateo de Bach que hacía dudar de su nihilismo al ateo Cioran. El agónico Unamuno rindiéndose al Cristo de Velázquez –conmovió el sevillano al vasco– testimonia este gran poder de la imagen.
Hoy sale mi Señor Cautivo. Estoy seguro de que volverá a su iglesia cargando más de un alma perdida sobre sus hombros.
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