menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Toros

3 0
yesterday

25 de abril 2026 - 03:08

Los toros son una cosa muy rara. A mí no me gustan, ni sé casi nada de toros, pero a mi hijo le encantan y se proclama fan declarado de Morante. De mis dos abuelos, el republicano era un aficionado absoluto que se iba con sus amigos a ver torear a Belmonte de plaza en plaza, siguiendo al maestro por toda España como ahora hacen las fans de Taylor Swift (mi abuela le recriminó siempre el dineral que se gastó por su maldita afición a los toros). Y en cambio, mi abuelo franquista odiaba los toros y los consideraba una actividad bárbara que debería ser eliminada (en su santa inocencia, el buen hombre creía que el Caudillo iba a prohibirla por ir en contra los intereses del pueblo español, vaya ojo tenía).

El caso es que es muy difícil saber por qué te pueden gustar los toros, y desde luego convendría evitar el maniqueísmo ideológico. Por supuesto que un vegano o un animalista jamás podrán apreciar el toreo, pero en el fondo de la cuestión las cosas son mucho más complejas. Joan de Sagarra, que era catalán y muy de izquierdas, no se perdía una corrida de Curro Romero cada Domingo de Resurrección. Y lo mismo le pasaba a su amigo Salvador Távora, que no era catalán pero sí era muy andalucista y muy de izquierdas. Y lo mismo podría decirse de José Bergamín, que al final de su vida acabó votando a Herri Batasuna y fue enterrado con una ikurriña, pero que escribió el mejor texto que se ha escrito jamás sobre el arte de los toros, aquella Música callada del toreo que dedicó a Rafael de Paula. Y podríamos seguir y seguir.

Digo esto porque he leído algunos de los insultos que le han dedicado en las redes sociales a Morante de la Puebla después de su cogida en la Maestranza. Algunos ponían los pelos de punta y no hubieran desentonado en un linchamiento de aquellos que ocurrían en el Sur de Estados Unidos y que Billie Holiday describía con el eufemismo de “frutas extrañas” (porque colgaban en los árboles, claro está, pero no eran hojas ni eran frutas). ¿A qué viene todo este odio? ¿De dónde sale esta horrible pulsión de muerte dirigida contra alguien que salvó la vida de milagro? Mi amigo José Mateos sostiene que la fiesta de los toros es una especie de revelación que consigue hacer presente el estremecimiento esencial (ese pálpito indefinible) que anida en el fondo de todo arte verdadero. ¿Será por eso que la odian tanto?

También te puede interesar

Única prioridad: llegar al poder

La prioridad se queda corta

La mampara de Moncloa

Las monjas de la Esperanza

DeepSeek refuerza el atractivo del sector tecnológico chino


© Diario de Jerez