El viaje del Guernica. Parte 2: El regreso
Un único escenario, sin personajes secundarios: un toro, un caballo herido y una paloma que apenas se vislumbra en lo oscuro. Un soldado hecho pedazos esparcidos en el suelo, y tras él, una madre grita de dolor con su niño muerto entre los brazos. Una mujer asoma con un candil, llevándose la mano al pecho; otra clama al cielo en una casa en llamas. Y a saber por qué, eleva un acontecimiento puntual de nuestra historia a símbolo universal de la brutalidad de las guerras.
Desde la Francia en la que lo pintó Pablo Picasso, el Guernica viajó a Noruega, Dinamarca, Suecia y Reino Unido, y de allí a Nueva York, donde participó en numerosas exposiciones dentro y fuera de Estados Unidos. En 1958, tras más de treinta traslados —treinta veces enrollado y desenrollado—, el deterioro era ya tan evidente que se decidió, sabiamente, no moverlo más.
Con la dictadura del general Franco instaurada, el pintor había tomado la decisión de que la obra permaneciera en custodia del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) y que fuera devuelta a España solo cuando se reinstaurara la República. Entonces pasaría al Museo del Prado, del que el Gobierno republicano le había nombrado director honorario. Pero nunca sucedió, ni lo uno ni lo otro.
A finales de 1968, el régimen franquista inició las largas gestiones con el MoMA, y tras la muerte de Picasso en 1973, también con sus herederos. En abril de 1977, con el dictador ya muerto —y un año antes de la Constitución—, durante el 40 aniversario del bombardeo, una multitudinaria manifestación en Gernika clamaba: “Guernica, Gernikara” (El Guernica para Gernika).
Hubo que aceptar pulpo para sortear la condición impuesta por Picasso y asumir que una monarquía parlamentaria podía equivaler, a efectos prácticos, a la República, entendiendo ambas como sinónimo de democracia. Pero lo cierto es que esta era tan frágil, que el cuadro viajaba a España apenas unos meses después de sufrir el golpe militar del 23 de febrero.
Tampoco pisó el Museo del Prado. Se instaló inicialmente en el Casón del Buen Retiro, cual los tiempos, protegido con vidrio antibalas y vigilancia policial armada.
En aquella España de 1992, la que celebraba la Exposición Universal, ahora en Sevilla y los Juegos Olímpicos en Barcelona, otro icono nacional, el Guernica, realizaba su último traslado. El poco más de un kilómetro —sin ser enrollado y transportado a pie— que lo llevaría hasta el Museo Reina Sofía. Lo que son las cosas: la sala que hoy lo acoge fue en su día un hospital donde se atendía a las víctimas de los bombardeos de la Legión Cóndor, la misma aviación nazi que destruyó Gernika.
Se instaló allí definitivamente —y no en el Prado— tras el Real Decreto 410/1995, de 17 de marzo, que ordenaba la asignación de obras entre museos según la fecha de nacimiento de los artistas: antes de 1881, al Prado; a partir de 1881, al Reina Sofía. La elección no es baladí: 1881 es exactamente el año de nacimiento de Pablo Picasso.
Desde entonces, todas las peticiones de traslado —Gernika, Bilbao, Tokio, Corea del Sur o Canadá— han sido denegadas. Incluso la solicitud del propio MoMA en el año 2000, el museo que tan cuidadosamente custodió el mural en uno de los periodos más difíciles de la historia de España.
Sí se autorizó, en cambio, el préstamo de 24 obras —dibujos preparatorios y un postscriptum del Guernica— para la exposición del 70 aniversario del bombardeo, celebrada en 2007 en el Museo de la Paz de Gernika.
Ante estas peticiones —todas legítimas y ni una sola “cateta”—, conviene entender las razones profundas de la negativa. Un análisis exhaustivo realizado en 1997 concluyó que la obra presenta deformaciones, grietas, craquelados, desgarros, levantamientos y pérdida de pintura.
Peritos, técnicos y restauradores coinciden: el mejor hogar para el Guernica es el Museo Reina Sofía, no por motivos ocultos, sino porque ofrece las condiciones óptimas y, sobre todo, por no moverlo. Tras tantas vicisitudes, un nuevo traslado sería, más que arriesgado, kamikaze.
Con todo, cabe preguntarse: ¿los informes técnicos enmascaran intereses políticos o rivalidades territoriales, o buscan realmente salvaguardar el Guernica? Un patrimonio que no es del Reina Sofía, ni de Madrid, sino de España y los españoles.
Y sin embargo, ojalá volver atrás en el tiempo. Ojalá que se hubiera cumplido el deseo expreso de Picasso de regresar a un Museo del Prado en una España republicana. Ojalá no a los préstamos que lo dejaron en los huesos. Ojalá no hubiera hecho falta pintarlo. Ojalá no hubiera tenido lugar el bombardeo sin interés estratégico alguno más que masacrar a una población indefensa en día de mercado. Ojalá no a la guerra.
Cuentan que, en una ocasión, los nazis registraron el estudio de Picasso en París buscando material “degenerado”. El pintor tenía fotografías del Guernica en la pared. Un soldado, impactado, señaló la imagen y preguntó:
—No —respondió Picasso—. Ustedes lo hicieron.
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