Caja de confeti
Uno de los rasgos principales de la sociedad actual, este mundo donde todo vale y donde se puede declarar una guerra desde un sillón de la segunda residencia, con un gorro que es símbolo de prepotencia y de egocentrismo (estos 45-47 estampados, que no son ningún versículo bíblico, sino las cifras que indican los lugares ocupados por Trump en la lista de presidentes) es la absoluta falta de respeto hacia la relación entre lo que se dice y lo que se hace. Es una suerte de nihilismo en sentido contrario. No es que nada importe, sino que no importa nada de lo que se dice, porque todo es una enorme caja de confeti sin sustancia.
Podríamos poner algunos ejemplos –sobre todo los referidos a la fe cristiana que ahora se percibe como un faro en la administración Trump, pero también los discursos vacuos del propio mandatario, las idas y venidas retóricas–, pero me fijo, en concreto, en las palabras que pronunció Melania Trump en la insólita comparecencia como presidenta del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, una noticia que tenías que mirar dos o tres veces para asegurarte de que era cierta.
Y lo era. Melania habló de niños y de paz. No hace falta decir en qué contexto sarcástico. Y, como la situación ya era de por sí esperpéntica, no venía de aquí que mencionara el valor de la educación como esencia de la sociedad. «El aprendizaje es sagrado», dijo. Y «hay que proteger los libros» y «no restringir el conocimiento porque así se restringe el futuro y porque el conocimiento crea comprensión, mientras que el conflicto nace de la ignorancia».
Todo esto podía haberlo afirmado Jacques Delors, pongamos por caso, uno de los políticos más interesados en la pedagogía como herramienta política. De hecho, ya lo aseguró, en el informe de la Comisión Internacional para la Unesco que presidió hace 30 años: «La Educación esconde un tesoro». Lo que entonces era una reflexión seria y fundamentada (¡ese «tesoro»!) ahora se convierte en un juego de malabares en boca de la primera dama. Más aún: el truco de un prestidigitador, la amenaza de un fraude, la superchería de la tergiversación.
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