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Camila, Hugo, Ángel... Y al menos 5.000 personas más

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22.04.2026

Me gustaría ponerles nombre a todos, pero desconozco el de la mayoría. Llevo varios días escuchando la situación de muchas personas inmigrantes que optan a la regularización extraordinaria en Ibiza. Les pregunto de dónde vienen, cómo viven, cuánto trabajan... Para contar brevemente sus historias. Lo poco que se atreven a resaltar de ellas, después de que les pare a la salida de una oficina donde resuelven dudas o en una cola que agota su paciencia.

Al principio me miran como si les fuera a vender algo, pero les digo que no, que solo pretendo robarles unos minutos para visibilizar las condiciones a las que se enfrentan. Hace falta que se conozcan. Porque, lamentablemente, no muchos se ponen en su lugar. El ritmo al que se vive hoy en día hace que todo se normalice enseguida. Que se pase por alto que hay vidas que no tienen otra opción que meter sus pertenencias en una maleta, o ni siquiera eso. Ayer, hubo residentes del asentamiento de infraviviendas de sa Joveria que cargaron sus enseres en dos simples bolsas de plástico. Esto se olvida rápido, aunque no sea la primera vez que pasa aquí.

También se olvida que hay quienes llevan años echando en falta el abrazo de su madre, como Camila, que lleva diez años trabajando y viviendo en Ibiza sin contrato ni vivienda digna.

Ella se atrevió a decirme cómo se llamaba, aunque ocultó su apellido para evitar ser reconocida. No quería desviar la atención del motivo por el que me contaba todo aquello: quiere papeles, trabajar en condiciones justas, «contribuir en el país»... Me repite, igual que muchas otras personas con las que hablo estos días.

Hugo y Ángel también me dieron su nombre. Esperaban desde las cuatro de la mañana para tramitar su informe de vulnerabilidad, mientras un amplio dispositivo se preparaba para desalojar sus casas. Me contaron que no sabían a dónde irían después, pero que necesitaban ese informe: «Porque de eso depende nuestro futuro», insistían. Aunque no sepamos todos sus nombres, se estima que en Ibiza hay entre 5.000 y 6.000 personas con la misma preocupación.

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