Sobre la sexualidad y el castigo
El otro día mis amigas y yo conseguimos cuadrar agendas y merendar juntas. Después de los besos, los abrazos y los qué bien te veo, una vez que pedimos los cafés, las pulgas y los trocitos de queque una de mis amigas me dijo «Te vamos a dar tema de artículo». Yo sonreí y me acomodé en la silla porque sé que cuando alguna de ellas me hace esa advertencia es porque se vienen curvas. Lo que no pensé es que, en lugar de curvas, se vinieran precipicios. Hablamos mucho de diferentes temas, pero la sexualidad femenina ocupó parte del relato. Sí, la sexualidad femenina. Porque, aunque parezca que la tenemos normalizada, aún hay quienes siguen pensando que nosotras, las mujeres, no tenemos sexualidad más allá que la de complacer al hombre, como si fuéramos muñecas hinchables. Y ya, ya… me imagino a más de uno -espero que no de una- llamándome feminazi. Les describo los precipicios: una nos narró, entre el asombro, la decepción y la resignación que, una noche en la que salió a tomarse unos vinos con unas compañeras de trabajo, conocieron a un grupo de chicos. Entre copa y copa, risas y que la noche nos confunde, mi amiga y uno de los muchachos empezaron a tontear y cuando ella le propuso ir a un lugar más íntimo, él, enarcando una ceja, le dijo: «Eres un poco fresca, tú, ¿no?». A ella, a la que llamaremos María, se le reabsorbió de golpe el alcohol en el metabolismo y la abrazó la culpa y la vergüenza. Aun ese día, mientras nos lo contaba, se le seguía ensombreciendo el rostro. Otra confesó que había decidido que cuando fuese a tener sexo lo haría en su casa y prohibiría al tipo con el que estuviera llevar el móvil a la habitación, porque con su último rollo descubrió que él tenía la grabadora del teléfono activa mientras mantenían relaciones. ¡Qué gustos musicales más raros tiene el chaval!, ¿no? ¿Qué iba a hacer con ese audio? ¿Coleccionarlo? ¿Compartirlo? Sin más, en medio de la merienda, me fui a un recuerdo adolescente. Cuando tenía unos trece años me di un beso con un niño. Un beso casto, fugaz, lo que se dice un pico. Antes de que finalizara el recreo todos los niños de mi clase sabían lo que había ocurrido y, como era de esperar, el foco de burla se puso en mí y el de admiración en él. También evoqué el mote que le pusieron a otra de mis amigas a los quince años «culomoto» porque tuvo dos novios que, casualmente, tenían moto. Y así, después de esta charla pensé en la chica a la que violó La Manada y la tuvieron meses en el punto de mira por seguir con su vida. Y en la niña, porque por aquel entonces era menor, cuyos vídeos de contenido sexual grabados por jugadores del Real Madrid se compartieron y, como era de esperar, la que cargó con las etiquetas de sucia y viciosa fue ella. No me alegré, por primera vez en todos estos años, de que mis amigas me dieran un tema sobre el que escribir. Tampoco me siento bien redactando este artículo, pero considero que es necesario. Estoy tan cansada y tan triste de ver cómo las mujeres no somos ni libres ni dueñas de nuestra sexualidad porque ante los ojos ajenos siempre que queramos disfrutar del sexo seremos unas guarras, unas zorras y unas putas y ellos unos grandes hombres. Estoy tan harta de que cuando se viraliza un vídeo de estas características la mirada se ponga en nosotras como las culpables de esa grabación y no en ellos que sin permiso obtienen esas imágenes y las difunden, que pierdo las ganas de escribir, de alzar la voz y de denunciar estos hechos. Quizá eso es lo que quieren, que nos resignemos, bajemos los brazos y nos dejemos hacer. Luego, pienso en mi abuela, en mi madre, en mis hermanas, en mi sobrina, en mis amigas y en todas las mujeres del mundo y elijo seguir, en los espacios que pueda, reivindicando nuestros derechos a ser y a sentir en todos los sentidos y a señalar a quienes cometen el delito. Y no, no somos nosotras. No somos unas frescas, somos mujeres. Mujeres sexuales.
Suscríbete para seguir leyendo
