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Sobre la anunciada reforestación de Formentera

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06.03.2026

Mi penúltimo artículo trataba sobre el pino carrasco. En él dije que si los navegantes griegos que bautizaron Ibiza y Formentera como las Pitiusas −que se traduce por ‘pinosas’− las volvieran a observar hoy desde sus galeras, a la primera de las dos islas la considerarían digna todavía de tal nombre.

Pues bien, por desgracia, Formentera no lograría revalidar dicho topónimo, ya que, en la actualidad, esta conífera se halla mucho menos presente que en la Antigüedad. La isla ha llegado a perder casi el 60% de su vegetación primaria, en la que esta especie abundaba. Varias son las causas que han conducido a semejante merma. En primer lugar, geográficas, ya que la superficie de la isla es muy reducida, además de presentar un relieve mayoritariamente plano, con lo cual la flora queda más expuesta. En segundo lugar, climáticas, pues su territorio alberga condiciones extremas de calor y de falta de agua. Y, por último, históricas y socioeconómicas: por la acuciante necesidad de tierras de cultivo y pastoreo en los últimos siglos, una vez superados los periodos en los que la isla se mantuvo deshabitada.

Por otra parte, la despoblación de árboles y arbustos no se ha compensado con reforestaciones efectivas, por lo que la superficie de Formentera presenta un grave déficit de masa arbórea y arbustiva que repercute sensiblemente en las condiciones medioambientales, más preocupantes si cabe con el aumento gradual de la temperatura en todo el planeta en el contexto actual.

A fin de paliar tan serio problema, tiempo atrás se puso en marcha Living Formentera, un interesante proyecto pionero impulsado por Baleària y Nature & People Foundation, que cuenta con la colaboración activa del Consell de Formentera. Su ambicioso programa contempla, fundamentalmente, la reforestación masiva de la isla en zonas urbanas, periurbanas y forestales, incluyendo la reintroducción de cultivos tradicionales. Se prevé plantar en los próximos años 475.000 árboles y 6.000 arbustos, eligiendo, para ello, especies autóctonas en su mayoría: sabinas, higueras, almendros, algarrobos, vides, olivos… Meses atrás se inició ya una fase piloto con la plantación de mil árboles en dos zonas agrícolas.

Unas de las finalidades primordiales perseguidas en este proyecto es reducir la temperatura en la isla entre uno y tres grados, mejorar la calidad del suelo y la capacidad de retención de agua de la isla. Maravilloso todo.

Sin embargo, algunas voces han mostrado su escepticismo al poner en duda la viabilidad de este plan, entre otras cosas, por estimar que no contará con financiación suficiente, habida cuenta de su elevado coste.

Por mi parte, hago votos a Tanit, Bes y Sant Ciriac para que las promesas de Living Formentera no caigan en saco roto y no sea, al final, la típica campaña publicitaria hueca del llamado marketing verde que tanto les gusta practicar a las empresas ahora por el simple hecho de estar de moda. Hacen cola para entonar, con la voz propia de la marca comercial, los consabidos y grandilocuentes lemas ecológicos más pegadizos, tales como ‘salvar el planeta’ o ‘luchar contra el cambio climático’. O sea, la pasión del converso. Hasta las bolsas de patatas fritas llevan hoy algún mensaje al uso. ¡Cuánta sostenibilidad! ¡Lo que hay que hacer para vender!

Toda esa ‘literatura’ por la naturaleza está muy bien, pero solo cuando se demuestra con obras y no se trata del típico greenwashing (‘lavado verde’). ¿Y qué significa este término inglés? La IA lo define como «una estrategia de marketing engañosa en la que algunas empresas aparentan ser ecológicas o sostenibles para mejorar su imagen y ventas, sin realizar cambios reales en sus procesos contaminantes».

Respecto a lo de la reforestación de la isla pitiusa, en principio, no puedo menos que aplaudir a los de Living Formentera −ya le podrían haber puesto otro nombre, caramba, que este suena a beach club− por su atractiva iniciativa. Además, parece que no es simple retórica ecologista lo suyo, dado que ya han puesto en marcha una fase piloto.

No obstante, pienso desembarcar en la isla dentro de unos cuantos años −ya muy anciano, claro− y contar uno a uno los 475.000 árboles prometidos tocándolos con el gayato de abuelo que me sostendrá entonces: «uno, dos, tres, cuatro…». Yo, como santo Tomás, tocar para creer. Si desfallezco en el intento y ya no me levanto, que me entierren al pie de uno de ellos, así le serviré de abono.

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