El capitán me lo contó
Él pasaba con frecuencia por el lugar donde yo vendía mis libros. Se detenía, los miraba e intercambiábamos alguna que otras palabras. Así empezamos a conocernos. Supe que era militar retirado. Llegó a ser capitán y combatió más de dos años consecutivos en Angola como zapador. En esto me contó un pasaje de su vida que creo nos ha pasado a todos. Sin excepción.
Me comenta que había terminado su misión con honores. Aunque bien enfermo de los nervios.
—¿Qué te pasaba? —le pregunté.
—Cuando miraba a mi alrededor, por ejemplo, veía a todo el mundo vestido de militar —me respondió—. O sentía dormido los silbidos de los disparos en mi cabeza. Cosas así. Pero me recupero —sigue contándome— y me manda a buscar desde La Habana el jefe. Yo pensé que era para darme una casa por mi buen desempeño en la guerra. Cuando llego me entero que es para enviarme a otra guerra. Esta vez en Etiopía. Y me negué.
El jefe me dice: "Usted sabe perfectamente lo que significa una negativa en su carrera. Esta indiciplina se puede considerar deserción. Y eso va a su expediente".
—Correcto, le contesté, pero antes de usted manchar mi expediente por deserción léalo otra vez, por favor. Me dijo: "Es verdad, sería una lástima dañar su trayectoria". Y fue cuando decidió no poner nada en mis papeles y me regresé a Holguín.
Yo lo escuchaba con atención, y me reconocía en su historia. ¡Las veces que nos han llamado y una piensa que es por un reconocimiento, y ha significado una solicitud más de sacrificio! Aquí en este trozo de tierra en pleno mar la lógica como que pierde a menudo su camino. Recuerdo una vez que me llamaron por teléfono para que me presentara en las oficinas de Emigración. Muy lejos de donde vivo.
Llegué pensando que podía ser una reclamación familiar por parte de mi padre, que vivía en los Estados Unidos, y me dijo una vez que lo haría. Resultó ser la Seguridad Política para preguntarme por qué escribía en espacios independientes, y no en los oficiales. Y me mencionaron una publicación de ellos para las quejas y opiniones que pudiéramos tener las personas que sufrimos en este país.
Ese día yo había amanecido con el pie izquierdo: mi almuerzo había sido un mango, había caminado por todos los lugares buscando trabajo sin encontrar, y tenía una virosis que me estaba matando. ¡Señor mío!, respondí, porque yo escribo donde quiera escribir.
Pero cuál fue mi susto al descubrir que lo que había pensado como buena noticia, era lo contrario. Recordarme lo que detesto que me recuerden: "Está usted vigilada, y la libertad que asuma puede acarrear serias y hasta graves consecuencias en su vida en esta patria dónde nació".
No obstante, contra todo pronóstico desde el poder y sus dinámicas, me dejaron retornar a casa. A vivir el mismo desafío sin poder encontrar muchas alternativas. Ninguna más bien, a mi pesar. Una subsiste, y resiste. Pero muchas veces una se siente como en suspenso. Sin poder dar ese paso al frente y olvidando ese paso que dio ayer.
Entendí al capitán. Me pasó a mí también. Le pasa, seguro, a muchas mujeres y hombres diariamente. E imagino, no sé porque, que seguirá pasando. Pero me ahorré el contárselo. Ese día no estaba para hablar mucho. Me limitaba a escuchar. Eso sí, siempre me dispongo a oír los demás. Quizás porque me he convencido de que es otra manera de crecernos. La mejor de todas, quizás.
Lien Estrada nació en Holguín, en 1980. Es Master en Teología por el Seminario Evangélico de Matanzas y Master en Bioética por la Universidad Católica de Valencia. Ha publicado el libro de cuentos Se busca otra plaza.
