Catedral de la memoria: primeros platós de la identidad
En la anterior publicación nos adentramos en la catedral de los olores y sabores de la infancia; ahora, de los platós donde se forja la identidad. Como decía Ortega y Gasset: «Yo soy yo y mis circunstancias». La canariedad nace en capas comunitarias que ascienden desde el hogar hasta la calle y la vida compartida.
PRIMER PLATÓ: EL MICROCOSMOS DEL HOGAR
Como tantos niños, crecí entre alabanzas, críticas, afectos y rechazos. Mi padre, canalero, salía al alba a distribuir las aguas por canales y atarjeas. En casa, la identidad se moldeaba con el papel emprendedor de mi madre, que, desde los trece años y tras la muerte de mi abuelo, tuvo que encargarse de la panadería.
Había también figuras protectoras y dolientes: mi abuela ciega, Siña Esperanza, acogida y postrada, con muletas, que sanaba gratis, zurcía, cantaba y recitaba romances aprendidos de los misioneros; y mi tío, a quien mi madre cuidó mientras estuvo enfermo de pleura, demostrando luego un gran espíritu emprendedor. Mi hogar era una pequeña república emocional donde construía mi identidad.
SEGUNDO PLATÓ: LA CALLE VIVA Y LAS AZOTEAS
Mi calle era un vodevil de zarzuela. Las mujeres iban al chorro por agua; otras sacudían la ropa mientras cantaban; don Pacho, republicano, leía en la ventana; los hombres de la zona alta llegaban con leña o fruta y amarraban las bestias en las argollas de las puertas. Las pescadoras, con grandes cestas cubiertas de helechos, voceaban: «¡Chícharos, bogas, sargos…!». Los niños........
