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Palabras incómodas

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25.03.2026

El telediario es el hogar de los desastres. Da igual el momento o la época del año, da igual la hora o si el día es festivo o laborable, da igual la cadena o la voz que lo dirija, siempre está lleno de desastres. Lo raro es lo otro. Lo raro es llegar a casa corriendo y encender la tele para informarme del mundo y disfrutar de la comida, mientras saboreo las noticias y el postre echada en el sofá. Eso es lo raro. Porque a nadie le gusta oír que el mundo está lleno de problemas, de miserias, de mentiras, de tormentas, de muertos, de locuras, de peleas, de guerras pasadas, presentes y futuras que se agendan como si formaran parte de la cotidianidad. El lenguaje que habita las noticias es de un belicismo que da miedo y, sin embargo, asumimos ese campo semántico como si fuera lo normal, como si no hubiera otra manera de nombrar el mundo. Durante esos treinta minutos que duran las noticias nos habituamos a las bombas, la violencia, los misiles, las guerras, las milicias, los soldados, los conflictos, los asedios, las batallas, los ataques, los heridos, las hambrunas y a una retahíla de desgracias que masticamos como si fueran parte del almuerzo. Tan acostumbrados estamos que parece que las palabras han perdido su sentido, suenan a hueco y a vacío, como si sus significados fueran otros y sus letras no estuvieran llenas de injusticia, de atropello, de dolor, de engaños, de abusos, de maldad, de muertes y de otras sinrazones. Pero la comida está rica, por eso me despisto de la tele y solo oigo palabras inconexas, gritos como ecos que enseguida se silencian o se alejan porque forman parte de otro mundo y las balas dañan a otra gente. Por eso no duelen, me acostumbro a oír su sonido y a ver cómo la escuela explota, cómo el hospital estalla y la plaza y el cine y el súper y los pájaros y los niños jugando a la pelota y una casa y después otra, y otra más, hasta que la ciudad es un humo gris hecho de retazos de vidas y de muertes. Pero la comida está rica y el daño no sorprende, no genera dolor ni extrañeza porque es parte del programa, así que, cuando el tiempo de las noticias finaliza, las guerras se diluyen de tal forma, que apenas queda olor a pólvora en el aire.

Y a otra cosa, mariposa, que el telediario da pena y casi que mejor ignorarlo, porque todo es gris, todo es malo, todo eso no me incumbe porque no es mío, no lo entiendo y hay que ver este mundo que loco que está. Así que las noticias se terminan y vuelven las palabras llenas, los paseos, el trabajo, los guasaps, un libro, el deporte, la familia, la siesta, el sol tan rico, la lluvia tan fresca y todo ese vocabulario que habita el tiempo de la tarde. Entonces, el campo semántico es otro y otras las preocupaciones cotidianas.

Sin embargo, a veces pasan cosas. Y lo que pasa es que un día por la mañana o, tal vez, de madrugada, en ese tiempo en el que no existen las noticias, alguien se atreve a compartir la miseria más allá del telediario del almuerzo. Ese día la palabra guerra se llena de sentido y aparece con todo su significado. Y la vemos y la oímos como si estuviéramos al lado, como si fuéramos alguna de sus letras. Ese día, alguien grita guerra fuera de contexto. Grita guerra en un pasillo, en una fiesta, en la calle, en una gala, en un tiempo que no permanece entre paréntesis porque es real, por eso se mete en nuestra vida y nos molesta y la comida sabe mal y nos molesta.

Ese día la gente murmura y se mira sorprendida. Algunos cuchichean y otros no entienden cómo ha podido pasar. Qué osadía darle vida a esta palabra, sentirla cerca, hiriente, compartirla ahora que el telediario terminó. Es entonces cuando la palabra despierta y se levanta decidida. Ante la perplejidad del mundo, sube al escenario con la cabeza alta y la mirada enorme en la que caben todas las historias. Nadie se atreve a cambiar de canal. La guerra alza sus brazos poderosa y abre la boca hasta llenarla de mentiras, engaños, falacias, embustes, egos, errores, envidias, chantajes, miedos, patrañas.

El hogar de los desastres. Y de todos los silencios.


© Diario de Avisos