Preparar un mundo sin Trump
La diplomacia internacional debería promover con urgencia la organización de una reunión, continuación de la Conferencia de San Francisco de 1945, para regenerar la ONU y revitalizar sus órganos principales y las agencias especializadas (Salud, Alimentación, Desarrollo, Cultura, Clima, Finanzas…,) tan maltratados por la actual Administración de EE.UU., para que, cuando pase está pesadilla (no hay mal que 100 años dure), se pueda restablecer el difícil equilibrio internacional y volver a un orden mundial basado en reglas que sofoque con abundancia de cordura la bufa organización de naciones, con cuota de entrada, que Trump y sus palmeros mercachifles han creado en el plató oval de la Casa Blanca.Sería necio y puede que suicida hacer tabla rasa del andamiaje jurídico, político, económico-comercial, cultural y militar creado después de la II Guerra Mundial, que ha proporcionado a Estados Unidos y a Europa el mejor y más prolongado periodo de paz, libertad y prosperidad de la Historia y ha beneficiado también al conjunto de la comunidad internacional. Es posible que sin la irrupción de la piqueta de Trump y sus “tecno-ricos” el sistema hubiese podido aguantar algún tiempo más, pero hay que reconocer que la ONU, creada a la medida de los vencedores de II GM hace 82 años, necesita una importante reforma para adaptarse al tiempo actual y validar su autoridad. Ojalá el desastre producido por Trump sea el revulsivo (“ex malo bonum”, diría San Agustín) que la ONU necesita para dotarse de los mecanismos y medios necesarios para neutralizar a partir de ahora cualquier iniciativa que pretenda emular a este perturbado presidente de EE.UU.Revitalizar la ONU requiere modificar la composición y funcionamiento del Consejo de Seguridad, que es el órgano principal encargado de mantener la paz, facultado para autorizar intervenciones militares internacionales, proponer acuerdos, organizar y supervisar operaciones de paz, imponer sanciones económicas, embargos de armas y restricciones comerciales y tareas de mediación internacional. El diagnóstico es sencillo, hay que cambiar el Consejo, pero la solución es compleja porque los países que hoy tienen capacidad de veto (EEUU, China, Rusia, Francia y Reino Unido) no quieren perder el privilegio ni compartirlo con nuevos miembros. Pero la dificultad objetiva de redistribuir el poder en el Consejo no debe llevar al absurdo de no hacer nada, que es lo que le gustaría a Trump para dejar morir la ONU, que es el mejor sistema para resolver conflictos que el mundo ha conocido.Hay una línea de posible reforma que parece contar con más apoyo que las demás y que consistiría en aumentar el número de miembros, reducir y acotar las materias susceptibles de veto y que lo suscriban al menos dos países. Con esta fórmula mantendrían el asiento fijo y la capacidad de veto los cinco países que lo tienen ahora (substituyendo a Francia por un representante de la UE), se incluirían otros cinco países con silla permanente y capacidad de veto, elegidos en función del peso de su PIB, población y capacidad militar (India, Brasil, Japón, Australia y Sudáfrica) y se aumentaría a 15 el número de asientos no permanentes.Actualizar el Consejo es condición indispensable para que la ONU sea eficaz y también una cuestión de legitimidad, pues hay que reconocer el estatus adecuado y dar entrada en el Órgano a países que hoy son grandes potencias y que no existían como naciones en 1945 y reparar, asimismo, la anomalía de que haya continentes que no tienen ni un solo representante en el principal órgano de gobierno. El cambio es complicado porque es necesario modificar la Carta de Naciones Unidas, contar con el voto favorable de 2/3 de los países miembros y el respaldo unánime de los cinco países que hoy tienen derecho a veto, pero es ineludible para superar el caos actual. Si a consecuencia de este pandemónium se logra deshacer el nudo gordiano que inmoviliza al Consejo de Seguridad, se podría decir que no hay Trump que por bien no vengaNadie está hoy en mejor posición que el secretario general, Antonio Guterres, que termina su segundo mandato el próximo 31 de diciembre, para impulsar el proceso de cambio y convocar la conferencia para la “refundación” de la ONU. Sería el gran legado de su mandato, mucho más importante que el nombre, género y nacionalidad de su sucesora o sucesor. Por cierto, no conozco otro lugar más adecuado que Canarias, encrucijada oceánica de África, América y Europa, para celebrar la reunión.
