África no debe pagar las crisis generadas de otros
A menudo imaginamos el mundo actual como una nube digital e intangible en la que todo parece funcionar y solucionarse a través de Internet, pero la realidad es que el bienestar global sigue dependiendo de una red física de buques, puertos, rutas marítimas y estrechos estratégicos. Ya he escrito en varias ocasiones que el contenedor, ese prisma rectangular de unos 12 metros de largo, es uno de los elementos clave para entender la globalización y el funcionamiento de la economía mundial: el 80% del tráfico de mercancías del mundo se hace por vía marítima.
El tráfico marítimo, pues, funciona como el verdadero sistema circulatorio de la economía, conectando mercados remotos con las necesidades más básicas de nuestros hogares. En lugares como Canarias somos plenamente conscientes de esta dependencia, y solo hace falta ver el movimiento de nuestros puertos, ubicados en un espacio estratégico, para entenderlo. Como a cualquier región además tan dependiente del tráfico marítimo, cualquier alteración en las rutas del Atlántico, el Mediterráneo o incluso el cercano Golfo de Guinea termina impactando, tarde o temprano, en el precio de nuestra cesta de la compra.
El mundo anda en los últimos meses completamente revuelto por la guerra de Irán y su impacto en el tráfico del Estrecho de Ormuz, un punto crítico de la geopolítica global que gestiona anualmente más de 2 billones de dólares en mercancías, incluyendo uno de cada cinco coches (es decir, de vehículos que viajan a bordo de buques para acabar en los concesionarios) y el 30% del tráfico mundial de contenedores.
Sin embargo, lo que en entornos como el nuestro, Canarias, se traduce en una molestia inflacionaria, en el continente africano alcanza con frecuencia impactos demoledores sus economías y, por ende, para su estabilidad social. África sufre una dependencia extrema de la importación de combustibles refinados y fertilizantes, lo que significa que un bloqueo a miles de kilómetros de distancia puede........
