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Gofio: 2.000 años invicto

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Hasta donde llega mi memoria, que es más para detrás que para adelante y no sé por qué, siempre desayuné, comí, merendé y hasta cené gofio. Hoy, sólo lo desayuno, afortunadamente, porque, si lo incluyera en una dieta permanente, estaría como una vaca.En cuanto que además soy nieto de molinero, juraría que ya recibí gofio desde el seno materno. En otro tiempo las madres canarias eran tan previsoras que llevaban un plan de emergencia incorporado. En un seno, tenían la leche; en el otro, una teta de gofio para afrontar cualquier contingencia. Aquellas mujeres no necesitaban mochilas tácticas ni manuales de supervivencia. Criaban hijos, cargaban con media casa y, si el mundo se ponía cuesta arriba, eran capaces de resolverlo todo con un abrazo, un “mi niño” y un puñado de gofio.Recuerdo el beletén y aquellos biberones, que yo usé hasta los 10 años, repletos de harina, y más trigo que millo (maíz si me leen en Valladolid), porque éste último, según........

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