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La brújula española

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22.04.2026

España se ha convertido en un país de referencia para intuir los cambios en política internacional. Ahora, hay que estar muy pendientes a la brújula española para saber por dónde va a ir el mundo. Aunque ese no era nuestro seny.

En realidad, había un convencimiento de que vivíamos en un búnker apartado. Que lo que pasara en Europa, en América, en Oriente Medio, no nos afectaría, porque el bastión pirenaico nos mantenía al margen. Políticamente, España fabricó en la dictadura un sentido inconsciente de aislamiento, que era una percepción puramente franquista.

Pero, medio siglo después, esa burda idea carpetovetónica ya no nos sirve. La derrota de Viktor Orbán, el eclipse de Trump, la guerra de Irán… son fenómenos que están incidiendo y definiendo la cosmovisión política española en estos momentos. Y se ha activado esa especie de brújula, que nos hace ser prescriptores del nuevo rumbo.Tanto es así que asistimos a una apertura y receptividad inéditas, de ida y vuelta, como prueban el impacto exterior del “no a la guerra” del presidente español en su declaración institucional del 4 de marzo y la cumbre progresista en Barcelona este 18 de abril. Sánchez ha tenido que ver con este cambio de sensibilidad. En mitad de un punto de inflexión del trumpismo y la ultraderecha en Europa, Madrid recibía a María Corina, cortejada por PP y Vox, y Barcelona a los líderes de izquierda de todo el globo presentes o a través de la pantalla: Lula, Sheinbaum, Yamandú Orsi, Edi Rama, Ramaphosa, Simon Harris, Ulisses Correia, Petro, Boric, Bernie Sanders, Mamdani, Tim Walz, António Costa, Stefan Löfven, Giacomo Filibeck…

Este último, secretario general del Partido de los Socialistas Europeos, dijo, dirigiéndose a Sánchez: “Gracias por haber salvado el alma de Europa”. Lula lo había elogiado “por no permitir que los aviones de guerra de EE.UU. salieran de aquí para bombardear Irán”.

Solo cuando pasen unos años y miremos hacia atrás, sin el áspid que ahora envenena las relaciones políticas intraespañolas, nos sentiremos orgullosos, siendo de cualesquiera ideologías, de nuestro papel como faro de democracia y paz en este momento crucial. Será cuando Trump ya sea historia y las aguas del mundo hayan vuelto a su cauce.

Pensemos por un instante en la España actual, que vota en algunas autonomías (Andalucía, el 17 de mayo) y vive un año preelectoral para las generales de 2027. Los partidos saben que estamos en plena sacudida del ecosistema político europeo. Por tanto, desconcierta el abrazo del PP a Vox, más propio de aquella narrativa del mundo apartado. Feijóo pacta con Abascal en Extremadura y se radicaliza hacia posiciones de ultraderecha (la “prioridad nacional” contra las ayudas a la inmigración es ahora una bandera compartida). Y acto seguido, traslada a Andalucía el mensaje de que ese error solo se evita con mayoría absoluta, o lo cometerá de nuevo. Sumisamente, Feijoó defenderá hoy en el Congreso la prioridad nacional por imperativo de Vox

Todos sabemos, porque es un guadiana político español, que los giros de la derecha y la izquierda hacia sus extremos dejan huérfano el espacio de centro. Y ha vuelto a ocurrir. Es la famosa baza suarista, la que perdió el PP cuando Albert Rivera irrumpió en 2006 y explotó efímeramente en abril de 2019 con 57 escaños. El espíritu de UCD solo retornó a la sede de Génova con la caída de Ciudadanos al marchitarse Inés Arrimadas, que fue flor de un día. Ahora, el PSOE cuenta con Carlos Cuerpo, vicepresidente y ministro de Economía, en el mejor ciclo económico español, al margen de la broma de Trump, que habla sin saber lo que dice.

Por qué Feijóo da un paso tan torpe que pone en peligro sus opciones en las urnas, tentando un cuerpo a Cuerpo con el centro socialista, nadie se lo explica. Vender su alma al diablo con este pacto del 16 de abril que borra los matices con Vox parece puro masoquismo. Ni Ayuso, ni Bonilla, que aguardan a que el sol caliente y las corrientes térmicas sean favorables para acometer la sucesión, apoyan el desliz existencial.

PP y Vox se conjuran para, si llegan a la Moncloa, cambiar la Ley de Extranjería, legalizar la “prioridad nacional” y suspender la reubicación de los menores africanos de Canarias en la Península. Es una medida xenófoba que anhela Vox y ahora asume el PP, como si ambos pretendieran hacer de España la Hungría póstuma de Orbán, donde la “prioridad nacional” era un dogma de fe tras la crisis migratoria de 2015, con el pretexto de protegerse frente a la supuesta islamización de Europa. A ese mundo nos querrían llevar.

Pero las aguas del mundo, decíamos, están volviendo a su cauce. Basta leer los sucesos recientes, colegir qué pasará con los mitos caídos. Es un mundo que vive en una gran aceleración. Hasta hace poco, pegarse a Orbán y a Trump era apostar a caballo ganador. Pero Orbán acaba de perder las elecciones y Trump es un cadáver político en su país.


© Diario de Avisos