El libro no necesita quien lo salve
El libro no solo resiste, como lo hizo la radio cuando llegó la televisión y como lo harán las redes sociales cuando les toque el turno de su némesis. El libro va viento en popa, vive una edad de oro, la lectura ya es un hábito del 70% de la población de este país, que se dice pronto.
Esta es una noticia ignorada, pero hay mucho ignorante adrede. La ceremonia, la liturgia del libro, su encanto y carisma, el placer de leer compulsivamente, sin que el DSM-5 lo diagnostique como adicción, aunque Alonso Quijano enloqueciera leyendo novelas de caballerías. Y viene cabalgando la inteligencia artificial, que es como el inconsciente colectivo sin derechos de autor, con lo que la industria se prepara para una revolución tajante. Este 23 de abril es un Día del Libro con un pie en el estribo de esa nueva realidad. El chatbot, el autor invisible, y toda esa fake literaturizada es un universo aparte por explotar.Como hoy se escribe mucho, me pregunté con sarcasmo si traemos más libros que hijos al mundo. De lo cual resulta que la demografía de libros crece a razón de 5.000 millones de volúmenes anuales, y la de bebés apenas llega a 140 millones. Cada niño nace con ese déficit de 35 libros por leer. Y se vuelven lectores prematuros.
Así que se lee mucho, más que nunca. Quizá esta sea la noticia más relevante en los tiempos mostrencos que corren. Y tenemos la suerte de que no haya un estrecho de Ormuz que bloquee esta petrobibliofilia, cuyo volumen de negocio -valga el dato- mueve al año hasta unos 140.000 millones de dólares, algo menos que la industria de fertilizantes, víctima del embudo de la guerra, que amenaza hambrunas. Hablamos de libros, alimento del espíritu, y de ese pan de Ormuz que acaso no llegue a muchas mesas. Decía Lorca: “Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle, no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro.”
¡Y qué error! ¡Qué falso mito! Pensábamos que los jóvenes no leían en un mundo ágrafo. Pero no sabemos nada. Son tópicos de barra de bar. Enterémonos. Se lee más que nunca en toda la historia, incluidos los jóvenes, que, aun con menor comprensión lectora por culpa del móvil, leen hasta por los codos: un 77%, entre 15 y 24 años. No solo no leen menos, sino que son los que más leen. Y las mujeres superan a los hombres, pero ambos sexos escalan en el rango lector, y las personas mayores no se quedan atrás. Este es un país que leeeeeee. Y algunos se reúnen en sus clubes de slow reading a matar el gusanillo sin prisa y sin que nadie les moleste. Como le encanta hacer a mi amiga Teresa Alfonso, La Voz de Radio Club, cuyo trono es el sillón donde pasa las tardes enteras leyendo novelas desde que la conozco. Maldecíamos a la era digital por estar acabando con la lectura. Y leche machanga. En España se lee mucho y se habla de más.Mi tío Paco Martínez del Rosario, librero, se habría puesto las botas en esta primavera cultural y este apogeo editorial, viendo cómo hasta los libros gráficos, de viñetas y cómics argumentales atraen multitud de lectores sin menoscabo de Netflix o Tik Tok. Esta falta de tiempo ha traído consigo un auge de libros breves, fragmentarios, como hubiera gustado a Augusto Monterroso, que tiene un librito de ensayos, La vaca, la mar de entrañable para amantes de la lectura, si breve, dos veces buena.Desconocemos los otros mundos literarios. Como ahora pasa con Oriente Medio y sus 2.500 años de literatura persa y poesía sufí. Cuando comenzaron a caer las bombas en Irán me preguntaba si esa gente que dice querer borrar una “civilización”, con oraciones en el Pentágono y el Despacho Oval, confundiendo como analfabestias un monólogo de Tarantino con un sermón bíblico, tienen pajolera idea de quién es Rumi, el poeta persa del amor divino, cuya obra están también bombardeando tras 25 siglos en pie.En la esquina de Castillo con Suárez Guerra, mi tío Paco y don José Arozena eran dos astronautas averiguando planetas en la librería La Prensa. Había que verlos, como dos niños con zapatos nuevos, cada vez que descubrían un García Marquéz, un Cien años de soledad. Así contrajimos mi hermano Martín y yo, dos pelagatos, la enfermedad de los libros, la bendita plaga de leer.Los autores son como son, egos revueltos, acuñó Juan Cruz. Discreto Luis Mateo Díez, premio Cervantes, huyendo para escribir a solas. Otros, más publicitarios. Javier Marías era de los primeros, Pérez-Reverte de los segundos, los dos grandes amigos y grandes escritores.
Ahora, en El hormiguero, Sonsoles Ónega, con nueva novela, y Pablo Motos, con las patas cortas de la mentira, se erigieron en salvadores de la lectura. Se quejaron de que el IVA de los libros fuera del 21% y señalaron al presidente, “que anda por China”. “¡Tenemos que hacer campaña!”, acordaron, para que, gracias a ellos, se volvieran a vender más libros en este país. Al día siguiente, cabizbajos, tuvieron que pedir perdón por hablar más de la cuenta, por hablar sin saber, por mentir. El impuesto era y es del 4%, el tipo impositivo superreducido. Ah. País.
