“¡Es la economía, estúpido!”
El hombre y la mujer vuelven mañana a visitar la Luna, aunque sea para una inspección ocular, pero pronto pondremos de nuevo el pie en nuestro satélite hermano, y eso está en manos de un ingeniero español, que ya proyecta la primera colonia. La Tierra está que arde.
Fue Kennedy, aquel presidente visionario de EE.UU., el que quiso apartar la mirada de los asuntos terrenales -la Guerra Fría, la crisis de los misiles, la rémora económica y las tensiones raciales- y soñó con ganar la carrera espacial a la Unión Soviética llegando el primero a la Luna.
Desde entonces, la luna ha sido una metáfora perfecta para los grandes soñadores, y, como aún no hemos puesto la huella en Marte, el mito sigue intacto. Resulta que ahora el presidente americano no puede soñar con la luna, inmerso en su infierno particular y mascando la derrota, lo que más odia. Mañana se dará esa paradoja. Volar a la Luna en tiempos de Trump, que es un astro caído.
Hay gente que, medio siglo después, sueña con la luna a su manera. Estos días de guerra están provocando cambios de paradigmas con la pérdida del fulgor de Trump, que era el principal punto de referencia político. Las encuestas van a decirlo muy pronto, ahora es un salto de cualidad. La estrella de Trump se apaga, y en primavera algo quiere florecer.
Es curioso que, en nuestro orwelliano mundo político apocalíptico, veamos gente que sueña con la luna con los pies en la tierra. Cuando hasta el otro día -en noviembre de 2025- Trump se las prometía muy felices, surgió un joven de izquierdas, Zohran Mamdani, socialista radical del Partido Demócrata, como su tutor, Bernie Sanders (líder de las manifestaciones No Kings del sábado), que parecía querer la luna en Nueva York, apostando más alto que los rascacielos de la ciudad. Y lo consiguió, contra todo pronóstico, ganó la alcaldía donde nació y construyó su imperio Donald Trump, llamado, a continuación, a catapultarse con la captura de Maduro y a hundirse con la guerra de Irán en tan solo tres meses.
En España, el efecto Mamdani pareció dar ánimo a la izquierda. Y ha sido con la guerra de Irán cuando en Europa se detecta un corrimiento de fuerzas. No deja de llamar la atención que ahora desde Le Pen hasta Meloni compiten por despegarse de la influencia de Trump, hasta ayer el árbol que mejor sombra daba.
Otro signo de este cambio de aires es que frente al trumpismo ultraconservador, teóricamente en desgracia, en España vuelve a hablarse del espacio de centro. Al PP le genera un problema de identidad, porque se había escorado hacia Vox dada la tendencia ultra y ahora el PSOE se estaría rodando a la orilla de Ciudadanos, ya huérfana.
El nuevo vicepresidente primero, Carlos Cuerpo, que sucede a Montero, ni siquiera es socialista y cobra un protagonismo que preocupa a la derecha, porque encarna el milagro económico español. De no querer preguntarle en las sesiones de control, porque su cartera, la economía, es la mejor baza del sanchismo, al PP no le va a quedar otra que encararse con ese toro. Cuerpo ha llegado lejos sin ser de la élite política y social. Es un producto de la enseñanza pública española, el nieto de alguien que no pudo ir a la escuela porque tuvo que trabajar desde los nueve años en una mina de wolframio, lo cual le convierte en un self-made man, un economista exitoso que habla inglés, francés, alemán y japonés. El viernes, en la toma de posesión, bromeó con que su ascenso en el Gobierno era como “un sueño americano, pero a la española”. El wolframio es un mineral estratégico para la industria aeroespacial. El camino de la Luna.
Con Carlos Cuerpo de hombre fuerte del Gobierno, regresa la consigna del asesor de Clinton, en la campaña de 1992 en que ganó a Bush padre: “¡Es la economía, estúpido!”. La guerra obliga a adoptar medidas de excepción contra la crisis energética global (el escudo social español es el más ambicioso de la UE), y el ministerio que más ignoraba la oposición acapara toda la atención a partir de ahora. Feijóo tendrá que ponerse a estudiar, para poder preguntarle al vicepresidente sobre lo que menos le apetece. Y encima, el nuevo ministro de Hacienda se apellida España, otra provocación.
El desencadenante de esta racha ha sido, sin duda, el no a la guerra de Sánchez, que es un no a los ataques a Irán y a Trump (no las bases y al espacio aéreo para los aviones que se dirigen a Oriente Medio), y un tercer no a la invasión de Irak, o sea, a Aznar y, por ende, al PP. En cambio, el no a la guerra de Feijóo parece querer decir, con su silencio, que no se hable de la guerra. Pero el despliegue terrestre no le va a ayudar.
Que Sánchez soñara con la luna queriendo ganar las elecciones de 2027, contra las encuestas, era impensable. La prensa internacional tiene gran parte de culpa, al encumbrarlo como si fuera el candidato demócrata que se opone a Trump y no a Feijóo. Y eso, a falta de que a la revista Time se le ocurra dedicarle la portada de Persona del Año.
