La chapa
Si un día me invitaran a la gala de los Goya, le diría a mi sastre -que no tengo, porque sólo uso camisetas- que me diseñase un traje hecho con chapas. Una de Coca Cola, otra de Fanta, otra de Mirinda… y así iría a la moda, aunque sin traicionar mis principios de no meterme en política. Si acaso, acudiría a la protesta gaseosa y refrescante y no a Gaza, porque mezclar el cine con la guerra debe dejarse sólo para la pantalla. La gala de los Goya es ahora un mitin, con sus honrosas excepciones. Algunas de las excepciones recibieron presiones para colocarse la plaquita. Es decir, que la chapa sacrificaba la aparente elegancia de los que desfilaron por la alfombra no sé si roja -como debería ser- o de otro color. España es un país de modas estrafalarias, lo que lo convierte en un pueblo de magos. Trump, por ejemplo, lleva siempre la bandera USA en la solapa, como todos los presidentes de allá, pero ahora le añade un avión de última generación o un machango con su figura color rubio/naranja. Un horror que también lo convierte en un mago peludo, aunque de rostro pálido, como llamaban los sioux a los colonos de Misuri en las películas de John Ford. Con mi traje de chapas iría yo a los Goya y daría el cante, que es lo que me ha gustado hacer toda la vida desde que compré en Argentina unos zapatos blancos y marrones de bailarín de tangos. Me los ponía hasta con el smoking y no pegaban ni con cola, pero todo el mundo miraba para mis pies, como diciendo: ¡qué horror! La causa Palestina está más liquidada que las maracas de Machín, así que es mejor que la arreglen sus vecinos y no los actores de los Goya, que están para cobrar subvenciones y contar sus taquillas con los dedos de una mano.
